sábado, 1 de mayo de 2010

DIPLOMACIA

Lafcadio Hearn
(originalmente publicado como Cuento corto en ARR N° 3)

Se había dado la orden de que la ejecución se llevase a cabo en el jardín del yashiki* . De modo que el hombre fue llevado allí, y se lo hizo arrodillar en un amplio espacio cubierto de arena que atravesaba una línea de tobi-ishi, piedras del tipo de las que aún se pueden ver en los grandes jardines japoneses. Tenía las manos atadas a la espalda. Unos criados trajeron agua en baldes y sacos de arroz llenos de guijarros; y amontonaron los sacos alrededor del hombre arrodillado, calzándolo de modo tal que no pudiera moverse. El amo acudió y contempló los preparativos. Le parecieron satisfactorios, de modo que no hizo ninguna observación.
Repentinamente, el condenado le gritó:
—Honorable señor, no fue a sabiendas que cometí la falta por la que se me condena. Fue sólo mi gran estupidez la responsable. Habiendo nacido estúpido, por motivo de mi Karma, no siempre pude evitar cometer errores. Pero matar a un hombre por ser estúpido es un error, y ese error será expiado. Tan cierto como que tú me matas ahora, seré vengado; del resentimiento que provocarás saldrá la venganza; y el mal será la recompensa del mal…
Si se mata a alguien mientras siente un fuerte resentimiento, el espíritu de esa persona será capaz de vengarse de su asesino. El samurai lo sabía. Respondió con suavidad, de una manera casi acariciante:
—Te autorizamos a que nos asustes cuanto te plazca, después de muerto. Pero es difícil creer que realmente te propongas hacer lo que dices. ¿Podrás darnos algún signo de tu gran resentimiento, una vez que se te haya cortado la cabeza?"
—Claro que podré —respondió el hombre.
—Muy bien —dijo el samurai, sacando su larga espada—; ahora voy a cortarte la cabeza. Justo frente a ti hay una piedra. Una vez que te haya cortado la cabeza, trata de morder la piedra. Si tu espíritu colérico puede ayudarte a hacer eso, algunos de nosotros podrán asustarse… ¿Tratarás de morder la piedra?"
—¡La morderé! —gritó el hombre, encolerizado—. ¡La morderé! ¡La morderé!
Hubo un destello, sonó un silbido, se oyó el ruido sordo de un golpe: el cuerpo atado se dobló sobre los sacos de arroz, mientras dos largos chorros de sangre brotaban del cuello cortado; y la cabeza rodó en la arena. Rodó pesadamente hacia la piedra: entonces, rebotando repentinamente, agarró el borde superior de la piedra con los dientes, se aferró desesperadamente por un momento, y cayó inerte.
Nadie habló; pero los criados contemplaron a su amo horrorizados. Éste parecía enteramente indiferente. Se limitó a tender la espada al asistente más próximo, que, con un cucharón de madera, vertió agua sobre la hoja desde la empuñadura hasta la punta, y luego secó varias veces el acero con hojas de papel… Y así terminó la parte ceremonial del incidente.
Durante los meses que siguieron, los criados y los domésticos vivieron con el miedo incesante de una visita fantasmal. Ninguno de ellos dudaba de que la prometida venganza llegaría; y su constante terror hacía que viesen y oyesen muchas cosas que no existían. Les daba miedo el viento entre las cañas de bambú, les daba miedo incluso la agitación de las sombras en el jardín. Por último, luego de consultarse unos a otros, decidieron elevar a su amo una petición para que se celebrase un servicio de Segaki** en honor del espíritu vengativo.
—Es totalmente innecesario... —dijo el samurai, cuando el criado principal le expresó el deseo de todos—. Comprendo que el afán de venganza de un hombre que va a morir sea una causa de temor. Pero en este caso no hay nada que temer.
El criado miró a su amo con ojos de súplica, pero dudó en preguntarle la razón de esa confianza alarmante.
—Oh, la razón es muy simple —declaró el samurai, adivinando la duda inexpresada—. Sólo la última de las intenciones de ese individuo podía haber sido peligrosa; y cuando lo desafié a darme la señal, desvié su mente del deseo de venganza. Murió con el firme propósito de morder la piedra; y fue capaz de cumplir ese propósito, pero ninguna otra cosa. Todo lo demás debe de haberlo olvidado… De modo que ya no hay por qué preocuparse por este asunto.
Y ciertamente el muerto no volvió a dar problemas. Nada sucedió.

Traducción de Carlos Cámara



Notas
*Casa solariega que un noble, cabeza de buena familia, poseía en la ciudad.
**Ritual budo-shintoísta durante el cual se ofrecen alimentos y otras ofrendas a los espíritus de los muertos que regresan a la tierra por tres días, para salvarlos de los círculos inferiores del infierno.


El autor

Lafcadio Hearn (1850-1904) nació en Grecia, de madre griega y padre irlandés. De regreso a Europa, fue criado por una tía en Irlanda, se educó en Inglaterra y Francia, emigró en 1869 a los Estados Unidos y, en 1890, viajó al Japón, donde encontró por fin la calma su vida itinerante y saciedad su fascinación por lo distinto y remoto. Allí se estableció, se casó, trabajó y murió, convertido, de 1896 en adelante, en el ciudadano japonés Koizumi Yakumo. Fue periodista, traductor, escritor, profesor (tuvo a su cargo la cátedra de literatura inglesa de la Universidad Imperial de Tokyo). Gracias a sus numerosos libros, escritos con rigor y llenos de amor por el nuevo antiguo mundo que lo había acogido, legó a Occidente un conocimiento más profundo de la cultura y la civilización japonesas. Entre sus obras podemos citar: Chita (1889), Kokoro (1896), Kotto (1902), El Japón: intento de interpretación (1904), Kwaidan (1904). De ésta última hemos tomado el relato publicado.

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