jueves, 17 de mayo de 2012

Penas de amor de una gata inglesa


Honoré de Balzac
(originalmente publicado como Cuento largo en ARR N° 5)


CUANDO el informe detallado de la primera sesión celebrada por ustedes llegó a Londres, ¡oh animales franceses!, hizo palpitar el corazón de los amigos de la Reforma Animal. En mi cabecita tenía yo tantas pruebas de la superioridad de los Animales sobre el Hombre que, en mi calidad de inglesa, vi llegado el momento tan anhelado de publicar la novela de mi vida para mostrar cómo, pobre de mí, me atormentaron las leyes hipócritas de Inglaterra. Ya en dos ocasiones, algunos ratones que había jurado respetar después del bill de su augusto Parlamento me habían llevado a la casa del editor Colburn y yo me había preguntado, al ver a viejas señoritas y señoras maduras e inluso jóvenes recién casadas corrigiendo las pruebas de galera de sus libros, por qué, teniendo uñas, no haría yo otro tanto. Nunca se sabrá en qué piensan las mujeres, sobre todo las que pretenden escribir; en tanto que una Gata, víctima de la perfidia inglesa, tiene interés en decir más de lo que piensa, y lo que escribe en demasía puede compensar lo que callan esas ilustres ladies. Mi ambición es ser la Mistress Inchbald{1} de las Gatas, y les ruego a ustedes que sean condescendientes con mis nobles esfuerzos, ¡oh Gatos franceses!, ya que es de ustedes de quienes sale la familia principal de nuestra raza, la del Gato con Botas, eterno tipo del Anuncio Publicitario, y al que tantos Hombres han imitado sin haberle todavía levantado una estatua.
Nací en la propiedad de un ministro de Catshire, en las cercanías de la pequeña ciudad de Miaulbury. La fecundidad de mi madre condenaba a casi todos sus hijos a padecer un cruel destino, ya que, como saben, se ignora aún a qué atribuir la intemperante maternidad de las Gatas inglesas, que amenaza con poblar el mundo entero. Los Gatos y las Gatas, cada cual por su lado, atribuyen tal resultado a su amabilidad y a sus propias virtudes. Pero algunos observadores impertinentes dicen que Gatos y Gatas están sometidos en Inglaterra a reglas de comportamiento tan perfectamente aburridas que no hallan otro medio de distraerse que no sea el de esas pequeñas ocupaciones de familia. Otros pretenden que hay en esta cuestión grandes intereses industriales y políticos, debido a la dominación inglesa de la India, pero en mis patas esas son cuestiones poco decentes y se las dejo a la Edinburgh Review. Fue gracias a la perfecta blancura de mi pelaje como me vi exenta al nacer de ser constitucionalmente ahogada. Por eso fue que me llamaron Beauty. ¡Ay!, la pobreza de aquel ministro que tenía mujer y once hijas no le permitió conservarme. Cierta solterona reparó en que yo sentía una especie de afecto por la Biblia del ministro: me le sentaba siempre encima, no por religión sino porque era el único lugar limpio en aquella casa. Quizás pensó que yo terminaría formando parte de la secta de los Animales Sagrados que ya nos ha dado al asna de Balaam; lo cierto es que me llevó con ella. Por ese entonces, yo sólo tenía dos meses. Esa solterona, que organizaba en su casa veladas para las cuales enviaba invitaciones que prometían y Biblia, trató de comunicarme la ciencia fatal de las hijas de Eva; lo logró con un método protestante que consiste en hacer razonamientos tan largos sobre la dignidad personal y sobre las obligaciones sociales, que para no escucharlos una preferiríai sufrir el martirio.
Una mañana, yo, pobre criaturita de la naturaleza, atraíada por la nata de un bol sobre el que estaba puesto de través un muffin, de un golpe de pata saqué el muffin y lamí la nata; luego de lo cual, rebosante de dicha, y seguramente debido a la debilidad de mis tiernos órganos, me abandoné, sobre la alfombra, al más imperioso de los deseos que sienten las Gatas jóvenes. A la vista de la prueba de lo que ella llamó mi intemperancia y mi falta de educación, la solterona se apoderó de mí y me dio unos cuantos azotes con una rama de abedul, mientras juraba que haría de mí una lady o que, caso contrario, me abandonaría. 
 —¡Qué bonito! —decía—. Aprenda usted, Miss Beauty, que las Gatas inglesas envuelven con el más profundo misterio esas cosas naturales que pueden empañar el pudor inglés, que eliminan todo lo que es improper y aplican a la criatura, como le ha oído decir al reverendo doctor Simpson, las leyes que Dios hizo para la creación. ¿Ha visto usted a la tierra, acaso, comportarse de manera indecente? Por otra parte, ¿no pertenece usted a la secta de los saints (pronúnciese seints) que caminan lentamente los domingos para que quede bien claro que están paseando? Tiene usted que aprender a sufrir mil muertes antes que revelar sus deseos: en eso consiste la virtud de los saints. El más hermoso privilegio de las Gatas es el de desaparecer, con esa gracia que las caracteriza, e ir a algún lugar ignorado para llevar a cabo su pequeño aseo. De tal manera que usted sólo se ofrecerá a las miradas de los otros en estado de belleza. Los demás, engañados por las apariencias, la tomarán por un ángel. De ahora en adelante, cuando semejante necesidad se apodere de usted, mire hacia la ventana, simule que tiene ganas de dar un paseo y vaya entre las plantas o al borde de algún techo. Si el agua, hija mía, es la gloria de Inglaterra, es, precisamente, porque Inglaterra sabe qué hacer con ella, en vez de dejarla caer, como una idiota, como lo hacen los franceses{2}, que no poseerán nunca una marina debido a la indiferencia que sienten por el agua.
A mí me pareció, con mi simple sentido común de Gata, que en esta doctrina había mucho de hipócrita, ¡pero era tan joven!
—¿Y cuando me encuentre al borde del techo? —pensaba yo mirando a aquella solterona.
—Una vez sola y muy segura de que nadie te ve, sólo entonces, Beauty, podrás dejar de lado las buenos maneras, y lo harás con tanto más gusto cuanto que habrás sabido retenerte en público. En eso resplandece la perfección de la moral inglesa, que se ocupa exclusivamente de las apariencias, sabiendo que este mundo no es otra cosa, ¡ay!, que apariencia y engaño.
Confieso que todo mi sentido común de animal se rebelaba contra tales tapujos; pero, con tanto azote como me habían dado, terminé comprendiendo que en la limpieza exterior consistía toda la virtud de una gata inglesa. A partir de ese momento, tomé la costumbre de ocultar bajo las camas los buenos bocados que me gustaban. Nunca nadie me vio comer, beber o ocuparme de mi aseo. Fui considerada la perla de las Gatas.
Tuve, entonces, la oportunidad de reparar en la sandez de los hombres que se proclaman sabios. Entre los doctores y otras personas que componían el círculo de amistades de mi dueña, se hallaba un tal Simpson, una especie de imbécil, hijo de un rico propietario, que esperaba obtener un buen puesto y que para obtenerlo daba explicaciones religiosas de todo cuanto hacen los animales. Un día me vio tomando la leche en mi taza y felicitó a la solterona por la manera en que yo había sido educada, porque había observado cómo lamía yo los bordes e iba, dando vueltas, disminuyendo el círculo que formaba la leche.
—Observe, pues —dijo—, cómo gracias a una santa compañía todo se perfecciona: Beauty posee el instinto de la eternidad, ya que, mientras toma la leche, describe el círculo que es su emblema.
Mi conciencia me obliga a decir que la aversión que sienten las Gatas a mojarse el pelo era la única razón que yo tenía para tomar de tal manera la leche; pero siempre seremos mal comprendidos por los sabios que se preocupan mucho más por mostrar su ingenio que por entendernos. Cuando las Señoras o los Hombres me tomaban en brazos para pasar sus manos por mi lomo de nieve y hacer brotar chispas de mi pelo, la solterona decía con orgullo: —Pueden tenerla en brazos sin nada que temer en cuanto a la ropa: ¡es admirablemente bien educada! Todo el mundo decía que yo era un ángel: me daban sin cesar golosinas y las comidas más delicadas, pero declaro que me aburría profundamente. Así, comprendí muy bien cómo había sido posible que una Gatita del barrio huyese con un Gato. Esa palabra, Gato, produjo como una enfermedad en mi alma que nada podía curar, ni siquiera los elogios que recibía, o más bien que mi dueña se prodigaba a sí misma: —Beauty es enteramente moral. Es un angelito —decía—. A pesar de ser tan bella, es como si lo ignorase. Nunca mira a nadie, lo que es el grado más alto de la bella educación aristocrática; es cierto que se deja ver sin que hacerse rogar, pero, sobre todo, posee esa perfecta insensiblidad que exigimos de nuestras jóvenes miss, y que sólo podemos lograr muy dificilmente. Beauty espera a que la llamen para aproximarse a alguien, nunca salta sobre uno familiarmente, nadie la ve nunca mientras come y, por cierto, ese monstruo de Lord Byron la hubiera adorado. Como buena inglesa que es, adora el té, mantiene una compostura grave cuando se explica un pasaje de la Biblia, y no piensa mal de nadie, lo que le permite escuchar la maledicencia de los demás. Es simple y no tiene afectación alguna; no le interesan las joyas, si le dan un anillo no lo conservará; en fin, no imita la vulgaridad de las que salen de caza, le gusta el home y permanece tan perfectamente tranquila que a veces se creería que es una Gata mecánica, como las que se hacen en Birminghan o en Manchester, lo que es el nec plus ultra de la buena educación.
  Lo que los Hombres y las solteronas llaman educación es una costumbre adquirida para disimular los instintos más naturales, y, una vez que nos han depravado totalmente, dicen que somos muy educadas. Cierta tarde, mi dueña le rogó a una joven miss que cantase. Cuando la joven se sentó al piano y se puso a cantar, reconocí de inmediato las canciones irlandesas que había escuchado en mi infancia y me di cuenta de que yo también estaba dotada para la música. Uní entonces mi voz a la de la joven, pero recibí golpes encolerizados mientras que ella no recibía más que elogios. Tamaña injusticia me indignó y me escondí en el altillo. ¡Amor sagrado de la patria! ¡Qué noche deliciosa! Supe, al fin, lo que era hallarse al borde del tejado. Oí los himnos que los Gatos les cantaban a otras Gatas; y esas adorables elegías me hicieron sentir lástima de las hipocresías que mi dueña me había obligado a aprender. Algunas Gatas se dieron cuenta de mi presencia y parecieron ponerse celosas. Fue entonces cuando un Gato de pelo hirsuto, magnífica barba y gran prestancia, se aproximó a examinarme y le dijo a su compañera: —¡Es una niña! Al escuchar esas palabras de desprecio me puse a saltar sobre las tejas y a caracolear con la agilidad que nos distingue, volviendo a caer sobre mis patas de esa manera suave y flexible que ningún animal podría imitar, con el firme propósito de hacer ver que ya no era tan niña. Pero tales gaterías no surtieron efecto alguno. —¿Cuándo llegará el día en que me canten himnos? —me decía a mí misma. El aspecto de aquellos soberbios Gatos, sus melodías con las que la voz humana no podrá rivalizar nunca, me habían conmovido profundamente y me habían hecho componer algunos poemitas que yo cantaba en las escaleras. Pero un gran acontecimiento se produjo y me arrancó bruscamente de esa vida inocente. Fui llevada a Londres por la sobrina de mi dueña, una rica heredera que se enamoró de mí, que me abrazaba y besaba con furor y que me agradó tanto que, en contra de todos nuestros hábitos, me apegué profundamente a ella. No nos dejábamos en ningún momento, y así pude observar la gran sociedad de Londres durante la temporada. Allí fue donde estudié la perversidad de las costumbres inglesas que se ha extendido hasta los Animales; allí fue donde conocí ese cant{3} que Lord Byron maldijo y del que ambos hemos sido víctimas, aunque yo no haya publicado mis Hours of idleness.
Arabelle, mi ama, era una joven como existen tantas en Inglaterra: no sabía muy bien con quién quería casarse. La absoluta libertad en la que se deja a las jóvenes con respecto a la elección de un hombre las vuelve casi locas, sobre todo cuando reflexionan en el rigor de las leyes inglesas, que no admiten, luego del matrimonio, ninguna “conversación” en privado. En lo que a mí respecta, yo estaba muy lejos de pensar que las Gatas de Londres ya habían adoptado esta severidad, que las leyes inglesas me serían severamente aplicadas y que debería padecer el juicio de los terribles Doctors commons. Arabelle daba muy buena acogida a todos los hombres que le eran presentados, y cada cual podía creer que sería con él con quien esta hermosa muchacha se casaría; pero cuando una posible conclusión parecía estar cercana encontraba cualquier pretexto para romper la relación. Debo confesar que tal conducta me parecía poco conveniente. —¿Casarme con un hombre con las rodillas protuberantes? ¡Nunca! —decía de uno de ellos—. Y ése, el pequeñín, ¡es ñato! Los Hombres me eran tan absolutamente indiferentes que yo no entendía nada de esas incertidumbres basadas en diferencias puramente físicas.
Al fin, cierto día, un anciano Par de Inglaterra le dijo al verme: —¡Qué linda Gata tiene Ud.! Se le parece: es blanca, es joven y necesita un marido. Permítame que le presente un Angora magnífico que tengo en casa.
  Tres días más tarde, el Par trajo consigo al Gato más hermoso de entre los gatos de todos los Pares. Puff tenía el pelo negro y los más magníficos ojos verdes, verdes y amarillos, pero fríos y altaneros. Su cola, notable por sus anillos amarillentos, barría la alfombra con sus pelos largos y sedosos. Quizás fuese originario de la casa imperial de Austria, ya que llevaba, como lo ven, los colores de ésta. Su comportamiento era el de un Gato que ha visto la Corte y la alta sociedad. Su severidad en lo que respecta a las buenas maneras era tan grande que no se habría rascado, en público, la cabeza con la pata. Tan hermoso era, en efecto, que se contaba que la reina de Inglaterra lo había acariciado. Yo, ingenua y simple, le salté al cuello para invitarlo a jugar, lo que él rechazó so pretexto de que no estábamos solos. Fue entonces cuando me di cuenta de que el Par de Inglaterra les debía a la edad y a los excesos culinarios esa gravedad falsa y forzada que los ingleses llaman respectability. Sus formas macizas, que los hombres admiraban, entorpecían sus movimientos. Tal era la verdadera razón por la que no respondía a mis amabilidades: permanecía sereno y frío sentado sobre su impronunciable, moviendo la barba, mirándome y cerrando, de tanto en tanto, los ojos. En el mundo de los Gatos ingleses, Puff era el mejor partido imaginable para una Gata nacida en la casa de un ministro: tenía dos sirvientes que se ocupaban de él, comía en platos de porcelana china, sólo bebía té negro, se paseaba en coche por Hyde Park y entraba en el Parlamento. Mi ama lo conservó en su casa. Sin yo saberlo, toda la población felina de Londres se enteró de que Miss Beauty de Catshire se casaba con el ilustre Puff de los colores austríacos. Una noche, oí un concierto en la calle y bajé en compañía de milord, que, debido a su gota, andaba lentamente. Nos encontramos con las Gatas de los Pares, que venían a felicitarme y a rogarme que entrase en su Sociedad Ratófila. Me explicaron que no había nada más ordinario que andar corriendo detrás de Ratas y Ratones. Las palabras shocking, vulgar, estaban en todas las bocas. Por último, habían formado, para mayor gloria del país, una Sociedad de Templanza. Algunas noches más tarde, fuimos milord y yo a los techos de los salones de Almack a escuchar a un Gato gris que iba a hablar del asunto. En una exortación, apoyada por gritos de ¡muy bien! ¡muy bien!, demostró que San Pablo, al escribir sobre la caridad, hablaba también a los Gatos y Gatas de Inglaterra. Le estaba, por lo tanto, reservado a la raza inglesa, que podía ir de un extremo a otro del mundo en sus navíos sin que tuviese que temer al agua, difundir los principios de la moral ratófila. Así que en todos los puntos del globo había Gatos ingleses que predicaban ya las sanas doctrinas de la Sociedad, las que, por otra parte, se basaban en los descubrimientos de la ciencia. Se había estudiado la anatomía de Ratas y Ratones y se había encontrado poca diferencia entre ellos y los Gatos: la opresión de los unos por los otros iba, por lo tanto, en contra del Derecho de los Animales, que es más sólido aún que los Derechos Humanos. “Son nuestros hermanos”, dijo. Y pintó tan bien los sufrimientos de una Rata atrapada en las fauces de un Gato que se me saltaron las lágrimas.
Lord Puff, viéndome engatusada por este speech, me dijo confidencialmente que Inglaterra proyectaba hacer un inmenso comercio con Ratas y Ratones; que si los otros Gatos ya no se las comían, el precio de las Ratas bajaría; que detrás de la moral inglesa siempre había alguna razón mercantil; y que esta alianza de la moral y del mostrador era la única alianza que le interesaba realmente a Inglaterra.
Me pareció que Puff era un político demasiado bueno como para poder ser un buen marido.
Un Gato del campo (country gentleman) hizo observar que en el Continente Gatos y Gatas eran sacrificados cotidianamente por los católicos, sobre todo en París, en los alrededores de las fortificaciones (los demás comenzaron a gritar: ¡Al grano!). Además se sumaba a esas crueles ejecuciones una horrible calumnia, haciendo pasar a esos valientes Animales por Conejos; mentira y barbarie que aquel Gato atribuía a la ignorancia de la verdadera religión anglicana, que no permitía la mentira y la falsedad fuera de las cuestiones gubernamentales, de política exterior o de gabinete.
Fue tratado de radical y de cabeza hueca. “¡Estamos aquí por los intereses de los Gatos de Inglaterra, no por los del continente!”, dijo un fogoso Gato tory. Milord dormía. Al final de la asamblea, oí estas deliciosas palabras dichas por un joven Gato que venía de la Embajada francesa y cuyo acento mostraba su nacionalidad.
Dear Beauty, en mucho tiempo la Naturaleza no podrá crear una Gata tan perfecta como usted. El cachemira de Persia y de la India parece crin de camello, si se lo compara con la seda fina y brillante de su pelo. Exhala usted un perfume que haría desvanecerse a los ángeles; yo lo sentí desde el salón del señor de Talleyrand, que dejé para asistir a este diluvio de tonterías que ustedes llaman un meeting. El fuego de sus ojos, Beauty, ilumina la noche. Sus orejas serían la perfección misma si mis quejas pudieran enternecerlas. No existe en toda Inglaterra un rosa tan rosa como la rosada piel de su boquita de rosa. En vano un pescador buscaría en los abismos de Ormus la perla que pudiese compararse a sus dientes. Su hocico, Beauty, fino, gracioso, es lo más primoroso que haya producido Inglaterra. La nieve de los Alpes parecería rojiza al lado de su pelo celestial. ¡Ah!, un tipo tal de pelo sólo existe entre las brumas de Inglaterra. Sus patas llevan suave y graciosamente ese cuerpo, que es el resumen de los milagros de la creación; pero su cola, elegante intérprete de los impulsos del corazón, las supera en mucho: ¡así es!, nunca curva tan elegante, redondez más pura, movimientos más delicados, se vieron en ninguna Gata. Deje de lado a ese cómico y viejo Puff que duerme como un Par de Inglaterra en el Parlamento; que, por otra parte, es un miserable vendido a los whigs; y que, debido a una larga estancia en Bengala, ha perdido todo lo que puede gustar a una Gata.
Disimuladamente miré a ese encantador Gato francés: tenía los pelos revueltos, era pequeño y vivaz y no se parecía en nada a un Gato inglés. Su desparpajo, como así también la manera de sacudir las orejas, anunciaban a un pícaro descarado. Confieso que yo estaba cansada de la solemnidad de los Gatos ingleses y de su limpieza puramente material. Su afectación de respectability me parecía, sobre todo, ridícula. La excesiva naturalidad de ese Gato mal peinado me sorprendió por el violento contraste con todo lo que podía ver en Londres. Por otra parte, mi vida estaba tan bien organizada, sabía tan bien lo que debía hacer durante el resto de mi vida, que fui sensible a todo lo que anunciaba la fisonomía del Gato francés. Todo me pareció, entonces, insípido. Comprendí que podía vivir en los techos con una criatura divertida que venía de ese país en el que han sabido consolarse de las victorias del mayor general inglés con estas palabras: “¡Mambrú se fue a la guerra, chiribín, chiribín, chin, chin!” A pesar de lo cual, desperté a milord y le di a entender que era muy tarde, que teníamos que regresar. No di señas de haber hecho caso de esa declaración, y mostré una insensibilidad total que petrificó a Brisquet. Permanecía allí, tanto más sorprendido cuanto que se creía muy guapo. Más tarde, supe que seducía a todas las Gatas de buena voluntad. Lo miré de reojo: se alejaba dando saltitos, volvía desde el otro lado la calle, y se alejaba otra vez de la misma manera, como un Gato francés presa de la desesperación: un inglés auténtico habría disimulado decentemente sus sentimientos y no los hubiese dejado ver así. Unos días más tarde, nos encontramos en la magnífica mansión del viejo Par, y yo salí en coche a pasearme por Hyde Park. Sólo comíamos huesos de pollo, espinas de pescado, cremas, leche y chocolate. Por más excitante que fuese este régimen, mi pretendido marido Puff permanecía serio. Su respectability se extendía hasta mí. Por lo general dormía, a partir de las siete de la tarde, en el regazo de Su Señoría, mientras ésta jugaba al whist. Mi alma carecía, pues, de toda satisfacción, y yo languidecía. Éste mi estado íntimo se combinó fatalmente con una pequeña dolencia en las entrañas que me produjo el jugo de arenque puro (el vino de oporto de los Gatos ingleses) que Puff bebía y que me puso medio loca. Mi ama hizo venir a un médico que acababa de egresar de Edimburgo tras estudiar largo tiempo en París. Éste, después de diagnosticar mi enfermedad, prometió a mi ama que me curaría sin falta al día siguiente. En efecto, volvió y sacó de su bolsillo un instrumento de fabricación parisina. Me sentí horrorizada cuando vi un caño de metal blanco rematado por un tubo más fino. Al ver ese mecanismo, que el doctor manipuló con satisfacción, Sus Señorías se sonrojaron, se indignaron y expresaron cosas muy bellas sobre la dignidad del pueblo inglés. Según lo cual, lo que distinguía a la vieja Inglaterra de los católicos no eran tanto sus opiniones sobre la Biblia como sobre ese infame aparato. El Duque dijo que en París a los franceses no les avergonzaba exhibirlo en el teatro nacional, en una comedia de Molière; pero que en Londres un watchman no osaría pronunciar su nombre.  —¡Déle un poco de calomel!
  —¡Pero eso la mataría! —replicó el doctor—. En cuanto a este inocente aparato, los franceses hicieron mariscal a uno de sus mejores generales por haber sabido servirse de él delante de la famosa columna{4}.
—Los franceses pueden regar las revueltas intestinas como les plazca —respondió Milord—. Yo ignoro, y usted también, lo que podría resultar del empleo de este humillante aparato; pero lo que yo sé es que un auténtico médico inglés sólo debe curar a sus enfermos con los remedios de la vieja Inglaterra.
El médico, que comenzaba a gozar de una gran reputación, perdió a todos sus pacientes de la alta sociedad. Llamaron a otro médico, que me hizo preguntas indiscretas sobre Puff y me enseñó que el verdadero lema de Inglaterra era: Dieu et mon droit... conyugal . Una noche, oí en la calle la voz del Gato francés. Nadie podía vernos; trepé por la chimenea y, desde lo alto de la casa, le grité: “¡En el reborde del techo!” Esta respuesta le dio alas, estuvo a mi lado en un abrir y cerrar de ojos. ¿Creerán ustedes que ese Gato francés tuvo la impúdica audacia de valerse de mi pequeña exclamación para decirme: “¡Ven a mis patas!” Osó tutear, sin más, a una Gata distinguida. Lo miré fríamente y, para darle una lección, le dije que yo era miembro de la Sociedad de Templanza.
—Veo, mi estimado —le dije—, a juzgar por su acento y la liviandad de sus palabras, que usted, como todos los Gatos católicos, es alguien inclinado a reír y a hacer mil ridiculidades, creyendo que con un poco de arrepentimiento todo le será perdonado; pero en Inglaterra tenemos más respeto por la moral: ponemos nuestra respectability en todo, incluso en los placeres.
Ese joven Gato, impresionado por la majestad del cant inglés, me escuchó con una especie de atención que me hizo concebir la esperanza de hacer de él un Gato protestante. Me dijo entonces, con las más hermosas palabras, que haría todo cuanto yo quisiese, con tal que le fuese permitido adorarme. Lo miré sin poder responder, ya que sus ojos, very beautiful, splendid, brillaban como estrellas, iluminaban la noche. Mi silencio lo envalentonó y exclamó: —¡Minina mía!
  —¿Qué nueva indecencia es ésta? —exclamé, sabiendo que los Gatos franceses son muy ligeros en su manera de hablar.
Brisquet me hizo saber que, en el continente, todo el mundo, hasta el rey, llamaba a sus hijas Minina mía, como signo de afecto; que muchas mujeres, y aun las más hermosas y aristocráticas, llamaban a sus maridos Gatito mío, incluso cuando no los querían. Si yo quería complacerlo, lo llamaría: ¡Hombrecito mío! Diciendo esto, levantó sus patas con gracia infinita. Yo desaparecí, por miedo a ser débil. Brisquet entonó Rule Britannia!, de tan feliz que estaba, y al día siguiente su querida voz resonaba todavía en mis oídos.
—¡Ah!, también tu estás enamorada, querida Beauty —me dijo mi ama, al verme estirada en la alfombra, despatarrada, el cuerpo en muelle abandono y embriagada con la poesía de mis recuerdos.
Me sorprendió tanta inteligencia en una Mujer, y fui entonces a restregarme en sus piernas, arqueándome y haciéndole oír un ronroneo amoroso hecho con las cuerdas más graves de mi voz de contralto.
Mientras mi ama, que me subió a su regazo, me acariciaba rascándome la cabeza y yo ponía mi mirada tierna en sus ojos llenos de lágrimas, tenía lugar en Bond Street una escena cuyas consecuencias fueron terribles para mí.
Puck, uno de los sobrinos de Puff, que aspiraba a sucederle y que por el momento vivía en el cuartel de la Caballería Real, se encontró con my dear Brisquet. El solapado capitán Puck felicitó al agregado de la embajada por su éxito conmigo, diciendo que yo había resistido a los más encantadores Gatos de Inglaterra. Brisquet, como francés vanidoso que era, respondió que se sentiría dichoso de merecer mi atención, pero que las Gatas que hablan de Templanza, de Biblia, etc., le producían horror.
—¡Oh! —dijo Puck—, entonces, ¿ya le habla?
Briquet, ese adorable francés, fue de ese modo víctima de la diplomacia inglesa; pero cometió uno de esos errores imperdonables que indignan a todas las Gatas bien educadas de Inglaterra. Ese bribonzuelo actuaba realmente con mucha ligereza. ¿No se le ocurrió, acaso, saludarme en el Park y pretender hablarme familiarmente, como si nos conociéramos? El cochero, al ver a ese francés, le dio un latigazo que casi lo mata. Brisquet lo recibió mirándome con una intrepidez que cambió mi estado de ánimo: lo amé por la manera en que se dejó golpear, sin ver otra cosa que no fuera yo, sintiendo sólo el privilegio de mi presencia, y dominando la naturaleza que inclina a los Gatos a huir ante la menor apariencia de hostilidad. No adivinó que yo me sentía morir, a pesar de mi frialdad aparente. En ese mismo momento, resolví que me dejaría raptar por él. Esa noche, en la azotea, me arrojé perdidamente en sus patas.
My dear —le dije—, ¿posee usted el capital necesario para pagarle al viejo Puff los daños y perjuicios?
—No tengo otro capital —me respondió, riendo, el francés— que los pelos del bigote, mis cuatro patas y esta cola.
Diciendo esto, dio una barrida a la azotea con un movimiento lleno de orgullo.
—¡Ningún capital! —respondí—, pero usted no es más que un aventurero, my dear.
—Me gustan las aventuras —me dijo tiernamente—. En Francia, es en las circunstancias a las que tú haces alusión cuando los Gatos se agarran de los pelos. Sacan las uñas , no los billetes. 
—¡Pobre país! —le dije—. Y ¿cómo es posible que envíe al extranjero, a sus embajadas, Animales que carecen de capital?
—¡Esa es una buena pregunta! —dijo Brisquet—. A nuestro nuevo gobierno no le gusta el dinero... cuando se trata de sus empleados: lo único que le interesa es la capacidad intelectual.
El querido Brisquet tenía, al hablarme, un aire de autosatisfacción tal que me hizo temer que no fuese más que un vanidoso.
—¡El amor sin capital es un non-sens! —le dije—. Mientras usted vaya de un lado a otro a buscar algo para comer, no podrá ocuparse de mí, querido mío.
Ese encantador francés me demostró, a guisa de respuesta, que descendía, por parte de abuela, del Gato con Botas. Además, tenía noventa y nueve maneras de pedir dinero, y nosotros, dijo, sólo tendríamos una de gastarlo. Por último, sabía música y podía dar lecciones. En efecto, me cantó, con acentos que desgarraban el alma, una romanza nacional de su país: Al claro de luna...
En ese momento, varios Gatos y Gatas traídos por Puck fueron testigos del momento en que, seducida con tantas razones, le prometí a ese querido Brisquet que lo seguiría en cuanto él fuese capaz de mantener decentemente a su esposa. Al darme cuenta, exclamé: —¡Estoy perdida!
Al día siguiente, el viejo Puff hizo una denuncia ante los Doctors commons por conversación criminal. Puff estaba sordo y sus sobrinos abusaron de ello. Puff dijo a los jueces que una noche, pretendiendo halagarlo, yo lo había llamado ¡Hombrecito mío! Fue uno de los peores cargos en mi contra, ya que no tuve manera de explicar quién me había enseñado esas palabras amorosas. Milord, sin quererlo, fue muy malo conmigo, pero yo ya me había dado cuenta de que estaba chocho. Su Señoría no podía sospechar de qué bajas intrigas yo era víctima. Algunos jóvenes Gatos que me defendieron en contra de la opinión pública me han dicho que hay veces en que pregunta por su ángel, por la alegría de sus ojos, por su darling, por su sweet Beauty. Incluso mi madre, que había venido a Londres, se negó a verme y a escucharme, pero me hizo saber que una Gata inglesa no debía tener jamás una conducta sospechosa y que yo amargaba en mucho sus últimos días. Mis hermanas, celosas de mi elevación, apoyaron a mis acusadoras. Por último, la servidumbre declaró en mi contra. Fue entonces cuando me di cuenta de cuál es la cuestión que hace que en Inglaterra todo el mundo pierda la cabeza. En cuanto se trata de una conversación criminal, todos los sentimientos desaparecen, una madre ya no es una madre, una nodriza querría hacerse devolver su leche y todas la Gatas gritan en la calle. Pero lo más infame fue que mi viejo abogado, que en una época había creído en la inocencia de la reina de Inglaterra{5}, al que yo había contado todo con pelos y señales, que me había asegurado que no había materia ni para azotar a un Gato{6}, y al que, como prueba de mi inocencia, le confesé que yo no entendía nada de esas palabras, conversación criminal (me dijo que se la daba este nombre, justamente, por lo poco que se hablaba en tales situaciones); ese abogado, digo, sobornado por el capitán Puck, me defendió tan mal que fue evidente que mi causa estaba perdida. En tales circunstancias, tuve el coraje suficiente para comparecer ante los Doctors commons.
  —Milords —dije—, soy una Gata inglesa y soy inocente. ¿Que se diría de la justicia de la vieja Inglaterra si...?
Acababa de pronunciar esas palabras cuando espantosos murmullos ahogaron mi voz, hasta tal punto el público había sido influenciado por el Cat-Chronicle y por los amigos de Puck.
—¡Pone en duda la justicia de la vieja Inglaterra, que ha instaurado el Jurado! —gritaban.
—Lo que pretende explicar, Milord —exclamó el abominable abogado de mi adversario—, es cómo se paseaba por los techos en compañía de un Gato francés con la intención de convertirlo a la religión anglicana. La verdad es que iba para decirle, a la vuelta, mon petit Homme a su marido, para escuchar los execrables principios del papismo y para aprender a menospreciar las leyes y los usos de la vieja Inglaterra.
Cuando se evocan tales tonterías delante de un público inglés se lo hace volver loco. Así fue como una tempestad de aplausos acogió las palabras del abogado de Puck. Fui condenada a la edad de veintiséis meses, cuando hubiese podido demostrar que yo ignoraba todavía lo que era un Gato. Pero todo eso me hizo comprender que es a causa de esas chocheces que a la vieja Inglaterra la llaman Albión.
Caí en una profunda misgatopía, debida menos a mi divorcio que a la muerte de mi querido Brisquet, a quien Puck, que temía su venganza, hizo matar aprovechando una revuelta. Es así como nada me pone más furiosa que oír hablar de la lealtad de los Gatos ingleses.
Ya ven ustedes como, ¡oh Animales franceses!, al familiarizarnos con los Hombres tomamos de ellos todos los vicios y todas las malas instituciones. Volvamos a la vida salvaje, en la que sólo obedecemos al instinto y en la que no encontramos ninguna costumbre opuesta a los más sagrados designios de la naturaleza. En este momento estoy escribiendo un tratado político destinado a las clases obreras animales, para convencerlas de que dejen de hacer marchar las máquinas y que rehúsen que las unzan a las carretas, ense¬ñándoles al mismo tiempo los medios para liberarse de la opresión de los grandes aristócratas. Aunque nuestros garabateos ya son célebres, creo que Mis Harriet Martineau estaría de acuerdo conmigo. En el continente, ustedes ya saben que la literatura se ha transformado en el refugio de cuanta Gata protesta contra el inmoral monopolio del matrimonio, resiste a la tiranía de las instituciones y propone la vuelta a las leyes naturales. Olvidaba decirles que, a pesar de que Brisquet tuviese el cuerpo atravesado por una puñalada en la espalda, el Coroner, con una hipocresía infame, declaró que se había envenenado a sí mismo con arsénico. ¡Cómo si fuese posible que un Gato tan alegre, tan alocado, pudiera haber reflexionado lo bastante sobre la vida como para concebir una idea tan seria; y como si un Gato al que yo amaba hubiera podido sentir el menor deseo de abandonar la existencia! Pero, gracias al aparato de Marsh{7}, fueron halladas algunas manchas en un plato.


© Traducción de Miguel Ángel Frontán 


NOTAS:
{1} Elisabeth Inchbald (1753-1821), novelista popular y autora de comedias de gran éxito.
{2} Tomber de l'eau (dejar o hacer caer agua, verter agua): orinar.
{3} Término inglés que designa la jerga propia de una secta o de un grupo social. Sinónimo de hipocresía.
{4} El 10 de mayo de 1831, en la Plaza Vendôme, el general Lobau disolvió una revuelta sin tirar una sola bala: únicamente con el agua de las mangueras de los bomberos. La feliz idea le dio una enorme popularidad y tres meses más tarde el bastón de mariscal de Francia.
{5} Referencia a la historia de Caroline de Brunswick-Wolfenbüttel (1768-1821). En 1795 se había casado con el Príncipe de Gales, George Augustus Frederick, y pronto se separó de él, conservando una gran popularidad. Su marido la sometió a dos procesos por adulterio que escandalizaron a toda Europa, y cuando fue coronado como Jorge IV de Inglaterra le prohibió usar el título de reina consorte y hasta la entrada a la abadía de Westminster.
{6} Il n'y a pas de quoi fouetter un chat (no hay con qué o por qué azotar a un gato, no es motivo que justifique azotar a un gato): se dice de algún asunto de poca importancia.
{7} James Marsh (1789-1843) inventó en 1836 un test que permitía detectar cantidades ínfimas de arsénico.


El autor
Prometeo de la novela moderna, temperamento volcánico, escribiendo hasta la extinción total de su prodigiosa vitalidad, así veremos siempre a Honoré de Balzac. Todo ha sido dicho sobre  el novelista, pero Balzac fue también un maestro del relato corto, como lo demuestran algunas de sus mejores obras como el El coronel Chabert, la admirable Una familia doble o la desbocada fantasía verbal de sus Cuentos droláticos. Permítasenos una anécdota. A principios de este nuevo siglo, en una calle del Barrio Latino, oímos a dos jóvenes estudiantes hablar con admiración del más parisino de los novelistas: ¿Cómo, aún no leíste La duquesa de Langeais?, es su mejor novela. Se hubiera dicho que hablaban de alguna revelación del momento. Y es que Balzac está vivo, viva su obra imperfecta, desmesurada y grandiosa, y lo seguirá estando al menos tanto tiempo como vivas estén la lengua y la cultura de Francia.


La edición en formato epub de este relato puede descargarse en el sitio de Ediciones De La Mirándola.





viernes, 4 de mayo de 2012

A Rascal Rat y Ediciones De La Mirándola

Estimados amigos:

Nuestra revista se asocia, a partir del corriente mes de mayo, a una nueva iniciativa: la editorial digital independiente Ediciones De La Mirándola, que, con sede en Argentina, acaba de inaugurar su sitio web. Ediciones De La Mirándola propone un catálogo variado, orientado al descubrimiento y redescubrimiento de valiosos autores y obras del acervo universal, en ediciones cuidadas y traducciones hechas especialmente para la editorial. Algunos de los títulos de su catálogo ya pueden adquirirse en línea, y los otros estarán progresivamente disponibles; mientras tanto, es posible descargar fragmentos de los mismos en el sitio de la editorial.
Pero además de los que están en venta,  Ediciones De La Mirándola  propone, en su sección, Biblioteca Franca, libros en descarga libre y gratuita hechos con el mismo cuidado que los otros. Y, entre éstos, la versión en formato epub de una selección de los cuentos largos de A Rascal Rat. Los publicados hasta la fecha son los siguientes:

Yo y mi chimenea, de Herman Melville






El bibliómano, de Charles Nodier

Hilary Maltby y Stephen Braxton, de Max Beerbohm






Vino generoso, de Italo Svevo









Los invitamos, pues, a descargarlos y disfrutarlos, y también, desde ya, a recorrer el sitio de  Ediciones De La Mirándola, para estar al tanto de sus novedades.

viernes, 20 de abril de 2012

EL BIBLIÓMANO


Charles Nodier
(originalmente publicado como Cuento largo en ARR N° 3)

Todos ustedes saben quién fue el buen Teodoro, sobre cuya tumba vengo a arrojar flores, rogándole al cielo que la tierra le sea leve.
Estos dos jirones de frase, que todos ustedes también conocen, declaran suficientemente que mi intención es dedicarle algunas páginas de nota necrológica o de oración fúnebre.
Desde hacía veinte años, Teodoro se había retirado del mundo a fin de trabajar o de no hacer nada: con cuál de estos dos propósitos, era un gran secreto. En algo pensaba, pero nadie sabía en qué pensaba. Pasaba la vida en medio de libros y ocupado solamente con libros, lo que había hecho que algunos pensasen que estaba componiendo uno que haría que todos los demás fuesen inútiles; pero, evidentemente, se equivocaban. Teodoro había sabido aprovechar suficientemente sus estudios como para ignorar que tal libro ya fue escrito hace trescientos años. Es el decimotercer capítulo del Libro Primero de Rabelais.
Teodoro ya no hablaba, ya no reía, ya no se entretenía, ya no comía, ya no iba al baile ni al teatro. Las mujeres que había amado en su juventud ya no atraían sus miradas, o cuando mucho no les miraba más que los pies; y si un elegante par de zapatos de colores brillantes atraía su atención: —¡Ay! —decía, arrancando de su pecho un  profundo gemido—, ¡cuánto cuero fino desperdiciado!
En otros tiempos había seguido la moda: las memorias de aquella época nos dicen  que fue el primero en anudar la corbata del lado izquierdo, a pesar de la autoridad de Garat, que la anudaba del lado derecho, y menospreciando al vulgo, que se obstina aún hoy en anudarla al medio.
Tedoro ya no se ocupaba de la moda. Durante veinte años sólo en un una ocasión se peleó con su sastre: —Señor —le dijo un día—, éste es el último traje que recibo de usted, si vuelven a olvidarse de cortarme los bolsillos in quarto.
La política, cuyas ridículas oportunidades han hecho la fortuna de tantos imbéciles, no logró nunca distraerlo más que un momento de sus meditaciones. Desde que las locas excursiones de Napoleón en el norte hicieron subir el precio del cuero de Rusia, la política lo ponía de mal humor. Sin embargo, había aprobado la intervención francesa contra las revoluciones de España. —Es una buena ocasión —dijo—, para hacer venir novelas de caballería y cancioneros de la península. Pero el ejército francés pensó en todo menos en eso, lo que le molestó profundamente. Cuando alguien decía Trocadero, respondía con ironía Romancero, actitud que terminó haciéndolo pasar por liberal.
La memorable campaña de Monsieur de Bourmont en las costas de África lo llenó de júbilo. —Gracias sean dadas al cielo —dijo frotándose las manos—, podremos pagar barato los tafiletes de Levante; actitud que lo hizo pasar por carlista. El verano último fue visto paseándose en una calle populosa mientras examinaba un libro. Ciudadanos honestos, que salían titubeando de un cabaret, se le acercaron a rogarle, poniéndole el cuchillo en la garganta, que gritase ¡Vivan los polacos! en nombre de la libertad de expresión. —Estoy totalmente de acuerdo —respondió Teodoro, cuyo pensamiento era un eterno grito a favor del género humano—, pero, ¿podrías decirme el porqué? —Porque le declaramos la guerra a Holanda, que oprime a los polacos con el pretexto de que no quieren a los jesuitas —replicó el amigo de las Luces, que era un experimentado geógrafo e intrépido conocedor de la lógica. —Que Dios nos perdone —murmuró nuestro amigo, juntando tristemente las manos—. Entonces, ¿tendremos que resignarnos al pretendido papel de Holanda de Monsieur de Montgolfier?
El hombre eminentemente civilizado le quebró una pierna de un golpe de bastón.
Tres meses Teodoro guardó cama, ocupado en la confrontación de diversos catálogos de libros. Predispuesto, como siempre, a las emociones extremas, esa lectura le inflamó la sangre.
Aun durante su convalecencia, sus noches eran terriblemente agitadas. Su mujer lo despertó una vez en medio de las angustias de la pesadilla. —Llegas justo a tiempo —le dijo besándola— para impedirme morir de espanto y de dolor. Estaba rodeado de monstruos que no me hubiesen dado tregua.
—Pero ¿qué monstruos, querido mío, puedes temer, tú que nunca hiciste mal a nadie?
—Era, recuerdo, la sombra de Purgold, cuyas funestas tijeras mordían pulgada y media en los márgenes de mis Aldo Manuzios cosidos a mano, mientras que la de Heudier hundía implacablemente en un ácido devorador el más hermoso volumen de mis primeras ediciones y lo retiraba completamente blanco; pero tengo buenas razones para pensar que ambos, por lo menos, están en el purgatorio.
Su mujer creyó que estaba hablando en griego, ya que Teodoro sabía un poco de griego, tanto, que tres estantes de su biblioteca estaban repletos de libros en griego cuyas hojas no habían sido cortadas. Por lo tanto, no los abría nunca, contentándose con mostrarlos, a sus conocidos más íntimos, de frente y de perfil, pero indicando nombre del impresor y lugar y fecha de impresión con imperturbable aplomo. Las almas simples llegaban a la conclusión de que era brujo. Yo no lo creo.
Como desmejoraba a ojos vistas, se llamó al médico, que era, por casualidad, hombre de ingenio y algo filósofo. Si ustedes son capaces sabrán de quién estoy hablando. El doctor reconoció que la congestión cerebral era inminente e hizo un lindo informe sobre esta enfermedad en el Journal des sciences medicales, en el que es designada con el nombre de monomanía de los tafiletes, o como tifus de los bibliómanos; pero no se habló de ella en la Academia de Ciencias, ya que se halló en competición con el cholera morbus.
Se le aconsejó que hiciese un poco de ejercicio, y, como esa idea le resultó agradable, al día siguiente, bien temprano, se puso en camino.  Yo me sentía demasiado intranquilo como para dejar que se me alejase más de un paso. Nos dirigimos del lado de los muelles, lo cual me alegró porque imaginé que la vista del agua le haría bien; pero no apartó la mirada de los parapetos, que se encontraban tan carentes de puestos como si esa misma mañana hubiesen sido visitados por los defensores de la prensa que echaron al agua en febrero la biblioteca del Arzobispado. En el Muelle de las Flores tuvimos más suerte. Había allí profusión de libros, pero ¡qué libros! Todos esos libros que fueron elogiados durante un mes por los diarios y que salen, sin excepción, de la oficina de redacción o de la reserva del librero, para caer en el cajón de a cincuenta céntimos. Filósofos, historiadores, poetas, novelistas, autores de todo género y formato, para quienes los más pomposos anuncios no son sino los infranqueables limbos de la inmortalidad, y que pasan, desdeñados, de las estanterías de los depósitos a los bordes de piedra del Sena, profundo Leteo desde el que contemplan, mientras los corroe la humedad, el final indudable de su presuntuoso vuelo. Allí me puse a hojear las páginas satinadas de mis in-octavo, en medio de cinco o seis amigos.
Teodoro suspiró, pero no fue por haber visto las obras de mi mente expuestas a la lluvia, de la que muy mal las protege la oficiosa lona impermeable.
—¿Dónde está —dijo—, la época de los libreros de viejo al aire libre? Sin embargo, aquí fue donde mi ilustre amigo Barbier reunió tantos tesoros que pudo hacer una bibliografía especial con miles de artículos. Aquí fue donde, durante horas, alargaban sus doctos y fructuosos paseos el sabio Monmerqué, camino al Palacio de Justicia, y el sabio Labouderie, cuando salía de la capital. Aquí fue donde el venerable Boulard se hacía cada día con un metro de rarezas, medido con el largo de su bastón, para el que sus seis casas repletas de volúmenes no tenían lugar reservado. ¡Ay, cuántas veces deseó, en tal ocasión, el modesto angulus de Horacio o la elástica cápsula de ese pabellón de hadas que podría haber cobijado, en caso de necesidad, a los ejércitos de Jerjes, y que podía llevarse a la cintura tan cómodamente como la funda de los cuchillos del abuelo de Juanito! Pero ahora, ¡ay, dolor!, no se ven aquí más que las ineptas migajas de esta literatura moderna que no se transformará nunca en literatura antigua, cuya vida se evapora en veinticuatro horas, como la de las moscas del río Hypanís; literatura, en efecto, bien digna  de la tinta de carbón y del papel hecho con trapos que le entregan, no sin lamentarlo, algunos tipógrafos avergonzados, casi tan estúpidos como sus libros. ¡Y es profanar el nombre de libros el dárselo a estos harapos manchados de negro que, abandonando la canasta del trapero, no cambiaron casi de destino! ¡Los muelles del Sena ya no son más que la morgue de las celebridades contemporáneas!
Suspiró una vez más y yo también suspiré, aunque no fue por la misma razón.
Yo tenía prisa por llevármelo, ya que su exaltación, que crecía a cada instante, parecía amenazarlo con una crisis mortal. Seguramente era aquel un día nefasto, puesto que todo se juntaba para agriar su melancolía.
—He aquí —dijo al paso—, la pomposa fachada de Ladvocat, el Galiot du Pré de las bastardeadas letras del siglo diecinueve, librero industrioso y liberal, que habría merecido nacer en una época mejor, pero cuya deplorable actividad ha multiplicado cruelmente los nuevos libros con perjuicio eterno de los viejos; hacedor por siempre imperdonable de la papelería de algodón, de la ortografía ignorante, de la viñeta manierista, tutor fatal de la prosa académica y de la poesía de moda.  ¡Como si hubiesen existido la poesía en Francia después de Ronsard y la prosa después de Montaigne! Ese palacio de bibliópolis es el caballo que ha llevado consigo a todos los que se apoderaron de la estatua de Palas que protegía la ciudad de Troya; la caja de Pandora que le dio entrada a todos los males de la tierra. Aún aprecio a ese caníbal y haré un capítulo en su libro, pero nunca volveré a verlo.
—He aquí —continuó—, el negocio de verdes paredes del digno Crozet, el más agradable de nuestros jóvenes libreros, el hombre de París que mejor distingue una encuadernación hecha por el mayor de los Derome de una hecha por el menor de la familia, y la última esperanza de la última generación de aficionados, si sabe ésta aún elevarse por encima de nuestra barbarie; pero hoy no podré gozar de su conversación, gracias a la cual aprendo siempre algo. Se halla en Inglaterra, donde, por el legítimo derecho a la represalia, les disputa a nuestros ávidos invasores de Soho Square y de Fleet Street los restos preciosos de los monumentos de nuestra bella lengua, olvidados desde hace dos siglos en la ingrata tierra que los vio nacer.  ¡Macte animo, generoso puer!…
—He aquí —dijo aún, volviendo sobre sus pasos—, el Puente de las Artes, cuyo inútil balcón no recibirá jamás en su ridículo parapeto de sólo algunos centímetros de ancho, el noble peso del infolio tres veces secular que halagó los ojos de diez generaciones con sus tapas recubiertas con cuero de marrana y sus cierres de bronce; pasaje, en verdad, profundamente problemático, que conduce del Louvre al Instituto por un camino que no es el de ciencia. No sé si me equivoco, pero la invención de esta especie de puente debe de haber sido para el erudito la flagrante revelación de la decadencia de las buenas letras.
—He aquí —siguió diciendo Teodoro al cruzar la plaza del Louvre—, el blanco cartel de otro librero activo e ingenioso; me hizo latir, durante mucho tiempo, el corazón, pero ya no puedo divisarlo sin una penosa emoción desde que a Techener se le ocurrió la idea de reimprimir con caracteres de Tastu, en un papel deslumbrante y bajo lindas tapas de cartón, las góticas maravillas de Jehan Mareschal de Lyon y de Jehan de Chaney de Aviñón, inhallables fruslerías que él multiplicó con deliciosas copias. El papel de una blancura de nieve, amigo mío, me horroriza, y no hay cosa que no me resulte preferible a no ser cuando, bajo el golpe que recibe de la mano del obrero de imprenta, se transforma en el deplorable emblema de los ensueños y las tonterías de este siglo de hierro.
Teodoro suspiraba cada vez más y empeoraba a ojos vista.
Así fue como llegamos, en la Rue des Bons-Enfants, al rico bazar literario de las ventas públicas de Silvestre, local honrado por los sabios, en el que se han sucedido en un cuarto siglo más curiosidades inapreciables que las que nunca guardó la biblioteca de los Ptolomeos, que quizás no fue quemada por Omar, por más que lo digan nuestros chiflados historiadores. Nunca había visto tantos espléndidos volúmenes juntos.
—Desgraciados los que se desprenden de ellos —le dije a Teodoro.
—Están muertos —dijo—, o el desprenderse de ellos los matará.
Pero la sala estaba vacía. Sólo se veía al infatigable señor Thour, haciendo facsímiles con paciente exactitud, sobre tarjetas cuidadosamente preparadas,  de los títulos de las obras que la víspera habían escapado a su investigación cotidiana. ¡Hombre feliz entre todos los hombres, que posee en sus cajas, por orden de materia, la imagen fiel del frontispicio de todos los libros conocidos! Para él, será en vano que todos las producciones de la imprenta perezcan en la primera y próxima revolución  que los progresos de la perfectibilidad nos aseguran. Podrá legarle al futuro el catálogo completo de la biblioteca universal. Ciertamente había en él un admirable tacto de presciencia en prever desde tan lejos el momento en que deberá establecerse el inventario de la civilización. Algunos años más y de ésta no se volverá a hablar.
—Que Dios me perdone, querido Teodoro —dijo el correcto señor Silvestre—, se ha equivocado usted de fecha. Fue ayer el último día de examen para los expertos. Todos los libros que usted ve están vendidos y esperan a que se los lleven.
Teodoro trastrabilló y se puso pálido. Su frente tomó el color de un tafilete amarillo un poco gastado. El golpe que se abatió sobre él retumbó en el fondo de mi pecho.
—Eso sí que está bueno —dijo con aire abrumado—. Reconozco mi habitual mala suerte en esta horrible noticia. Pero entonces, ¿a quién pertenecen esas perlas, esos diamantes, esas fantásticas riquezas, de los que la biblioteca de De Thou y de los Grolier se hubieran enorgullecido?
—Como siempre, señor —respondió el señor Silvestre—. Esos excelentes clásicos en edición original, esos viejos y perfectos ejemplares autografiados por célebres eruditos, esas interesantísimas rarezas filológicas de las que la Academia y la Universidad no han oído hablar, le correspondían de pleno derecho a sir Richard Herber. Es la parte del león inglés, al que nosotros le cedemos de buena gana el griego y el latín que ya no sabemos. Esas hermosas colecciones de historia natural, esas obras maestras de método y de iconografía, pertenecen el Príncipe de…, cuyos gustos estudiosos ennoblecen aún más, gracias a su empleo, una noble e inmensa fortuna. Esos misterios de la Edad Media, esas moralidades, fénix cuyo sosías no existe en ninguna parte, esos curiosos ensayos dramáticos de nuestros ancestros, irán a engrosar la biblioteca modelo del señor de Soleine. Esos libros humorísticos, tan esbeltos, tan elegantes, tan bonitos, tan bien conservados,  componen el lote de su amable e inteligente amigo, el señor Aimé-Martin. No tengo necesidad de decirle a usted a quién pertenecen esos tafiletes frescos y brillantes, con anchas viñetas, triple filete y fastuosos ornamentos dorados. Es el Shakespeare de la pequeña propiedad, el Corneille del melodrama, el hábil y tan a menudo elocuente intérprete de las pasiones y de las virtudes del pueblo que, tras no haberlos apreciado, por la mañana, a su justo valor, por la tarde los compró a precio de oro, no sin murmurar entre dientes como un jabalí herido de muerte, y no sin volver hacia sus competidores los trágicos ojos ensombrecidos por negras cejas.
 Teodoro ya no lo escuchaba. Acababa de echar mano a un volumen de pasable apariencia que se había apresurado a medir con su elzeviriómetro, es decir, la regla dividida casi al infinito con la cual establecía, ¡ay!, el precio y el mérito intrínseco de sus libros. Diez veces lo acercó al libro maldito, diez veces verificó el abrumador cálculo, susurró unas pocas palabras que no pude entender, nuevamente su tez cambió de color y se derrumbó entre mis brazos. Mucho me costó hacerlo subir al primer coche de alquiler que apareció.
Mis esfuerzos para arrancarle el secreto de aquel súbito dolor fueron por largo tiempo inútiles. No hablaba.  Mis palabras no llegaban hasta él. Es  el tifus, pensé,  el paroxismo del tifus.
Mientras lo abrazaba, yo continuaba con mis preguntas. Pareció ceder a un impulso expansivo.
—En mí puede usted ver —me dijo—, al más desgraciado de los hombres. El volumen aquél es el Virgilio de 1676, de gran formato, del cual yo pensaba posser el ejemplar más grande, y aquél sobrepasa al mío en la tercera parte de un renglón. Mentes enemigas o mal dispuestas podrían encontrar que lo sobrepasa, incluso, en la mitad de un renglón. ¡La tercera parte de un renglón, Dios santo!
Quedé como fulminado por el rayo. Comprendí que el delirio se apoderaba de él.
—¡La tercera parte de un renglón! —repitió, mientras amenazaba al cielo con un puño furioso, como si fuese Ayax o Capaneo. Mi cuerpo entero temblaba.
Poco a poco fue cayendo en la más honda de las pesadumbres. El pobre hombre sólo vivía ya para sufrir. Solamente repetía, de vez en cuando, mordiéndose las manos: —¡La tercera parte de un renglón! Y yo, en voz  baja, decía de nuevo: ¡Al diablo los libros y el tifus!
—Tranquilícese, amigo mío —le susurraba tiernamente al oído cada vez que la crisis volvía producirse—. ¡Poca cosa es la tercera parte de un renglón si se la compara con los más delicados asuntos de este mundo!
—¡Poca cosa —exclamó—, la tercera parte de un renglón del Virgilio de 1676! Es la tercera parte de un renglón la que aumentó en cien luises el precio del Homero de Nerli vendido por el señor de Cotte. ¡La tercera parte de un renglón! ¡Ay! ¿Le parecería a usted que no es nada, acaso, la tercera parte de un estilete que se le hundiese en el pecho?
Su rostro se desfiguró por entero, los brazos se le pusieron rígidos, un calambre le atenazó las piernas con uñas de hierro. El tifus, visiblemente, se apoderaba de sus miembros. Y por nada del mundo hubiera yo querido alargar en la tercera parte de un renglón el corto camino que aún nos separaba de su casa.
Al fin, llegamos.
—¡La tercera parte de un renglón! —le dijo al portero.
—¡La tercera parte de un renglón! —le dijo a la cocinera, que vino a abrirnos.
—¡La tercera parte de un renglón! —le dijo a su mujer, mojándola con su llanto.
—Mi cotorrita se voló —dijo la pequeña, que lloraba como su padre.
—¿Y por qué dejaban siempre la jaula abierta? —respondió Teodoro. —¡La tercera parte de un renglón!
—El pueblo se levanta en el Mediodía de Francia y en la Rue du Cadran —dijo la vieja tía que leía el diario de la tarde.
—¿Por qué diablos se inmiscuye el pueblo? —respondió Teodoro—. ¡La tercera parte de un renglón!
—Su quinta en la Beauce ha sido incendiada —le dijo el doméstico mientras lo ayudaba a acostarse.
—Y habrá que reconstruirla —respondió Teodoro—. Siempre y cuando valga la pena. ¡La tercera parte de un renglón!
—¿Usted piensa que la cosa es seria? —me dijo la nodriza.
—¿Pero no ha leído usted, hija mía, el Diario de las Ciencias Médicas? ¿Qué espera para ir a buscar un sacerdote?
Felizmente, en el mismo instante, entraba el cura, que venía a hablar, de acuerdo con su costumbre, de mil insignificancias bibliográficas y literarias de las que su breviario no lo había hecho distraer jamás por entero; pero, habiéndole tomado el pulso a Teodoro, ya no pensó más en nada de ello.
—¡Ay, hijo mío! —le dijo—, la vida del hombre es sólo pasar; y el mundo mismo no está edificado sobre eternos cimientos. Tendrá que terminar, como todo lo que un día empezó.
—A propósito —respondió Teodoro—, ¿leyó usted el Tratado sobre su origen y su antigüedad ?
—Lo qué yo sé lo aprendí en el Génesis —respondió el venerable pastor—; pero he oído decir que un sofista del siglo pasado, llamado Monsieur de Mirabeau, compuso un libro sobre el tema.
Sub judice lis est —lo interrumpió con brusquedad Teodoro—. En mis Estromatas he probado que las dos primeras partes del mundo son de ese triste pedante de Mirabeau y que la tercera pertenece al abate Le Mascrier.
—Pero ¡Dios santo! —replicó la tía subiéndose los lentes—, ¿quién hizo, entonces, América?
—No es de eso de lo que se trata —continuó el abate—. ¿Crees en la Trinidad?
—¿Cómo podría no creer en el famoso volumen De Trinitate de Miguel Servet? —dijo Teodoro incorporándose en el lecho—, puesto que yo he visto ceder, ipsissimis oculis, por la modesta suma de doscientos quince francos, en la librería del señor de Mac Carthy, un ejemplar por el que éste había pagado setecientas libras en la venta de La Vallière.
—Nada tiene que ver una cosa con la otra —dijo el apóstol un poco desconcertado—. Te pregunto, hijo mío, si crees en la divinidad de Jesucristo.
—Bueno, bueno —dijo Teodoro—, todo es cuestión de entenderse. Yo sostendré, solo y contra todos, que el Toldos-jeschu[1], del que Voltaire, ese bufón ignorante, sacó tantas fábulas estúpidas dignas de las Mil y una noches, no es más que una malvada inepcia rabínica, indigna de figurar en la biblioteca de un erudito.
—¡Alabado sea Dios! —suspiró el digno eclesiástico.
—A menos que, un día, se termine por encontrar —continuó Teodoro—, el ejemplar in charta maxima del que se habla, si mi memoria es buena, en las heteróclitas y confusas páginas de David Clément[2].
 Esta vez el cura se lamentó en voz alta, se levantó consternado de la silla y se inclinó sobre Teodoro para hacerle comprender claramente, sin ambages ni equívocos, que padecía en el más funesto grado el tifus de los bibliómanos del que se habla en el Diario de las Ciencias Médicas, y que  de nada ya tenía que ocuparse fuera de su eterna salvación.
A lo largo de su vida, Teodoro no se había refugiado nunca en esa impertinente negación de los incrédulos que es la ciencia de los tontos; pero el buen hombre había llevado demasiado lejos, en su trato con los libros, el vano estudio de la letra, como para poder ocuparse del espíritu. En plena salud, cualquier doctrina le hubiese provocado fiebre,  y cualquier dogma, el tétanos. En el terreno de la moral teológica no hubiera sido capaz de hacerle frente ni a un sansimoniano.
Se dio vuelta hacia la pared.
Tanto fue el tiempo que pasó sin hablar que lo hubiéramos creído muerto, si, al aproximarme a él, no lo hubiese oído murmurar con voz queda : —¡La tercera parte de un renglón! ¡Dios de justicia y de bondad! Pero ¿dónde podrás Tú devolverme esa tercera parte; y en qué medida Tu omnipotencia podría reparar el error garrafal de ese encuadernador?
Un minuto después llegó uno de sus amigos bibliófilos. Le dijeron que Teodoro había entrado en agonía, que deliraba hasta tal punto que creía que era el abate Le Mascrier quien había hecho la tercera parte del mundo, y que desde hacía un cuarto de hora había perdido el habla.
—Quiero constatarlo por mí mismo —replicó el amante de los libros—. ¿Cuál es el error de paginación gracias al cual reconocemos la verdadera edición del César elzeviriano de 1635? —le preguntó a Teodoro.
—153 por 149.
—Muy bien. Y ¿en lo que respecta al Terencio del mismo año?
—108 por 104.
—¡Caramba —dije—, los Elzevires tuvieron muy mala suerte aquel año con las cifras! ¡Qué suerte que no hayan elegido justo ese año para imprimir la tabla de logaritmos!
—¡Maravilloso! —exclamó sorprendido el amigo de Teodoro—. Si le hubiera prestado oídos a estas personas, te hubiese creído a dos pasos de la muerte.
—¡En la tercera parte de un renglón! —respondió Teodoro, cuya voz se iba apagando poco a poco.
—Conozco tu desventura, pero no es nada al lado de la mía. Imagínate que hace ocho días, en una de esas ventas grises y anónimas de las cuales apenas si uno se entera gracias al cartel pegado en la puerta, me he perdido un Boccaccio de 1527, tan magnífico como el tuyo, con la encuadernación hecha en vitela de Venecia, las aes puntiagudas, testigos casi en cada página y todos los folios originales.
Todas las facultades de Teodoro se concentraban en un único pensamiento:
—¿Estás bien seguro, al menos, de que las aes eran puntiagudas?
—Como la punta de hierro que arma la alabarda de un lancero.
—Entonces, sin dudarlo, ¡era la mismísima vintisettine edición!
—La mismísima. Ese día teníamos una linda cena, mujeres encantadoras,  ostras verdes, personas de ingenio, vino de champaña. Yo llegué a la subasta tres minutos después de la adjudicación.
—¡Señor mío —gritó Teodoro—, cuando se trata de la vintisettine no hay cena que valga!
Ese último esfuerzo terminó con el resto de vida que palpitaba aún en él, y que el calor de esta conversación había sostenido como el fuelle que sopla sobre una brasa agonizante. Sin embargo, sus labios balbucearon una vez más: —¡La tercera parte de un renglón!, pero fueron éstas sus últimas palabras.
Una vez perdida toda esperanza, habíamos arrastrado el lecho hasta la biblioteca, de la cual le bajábamos uno por uno los volúmenes que parecía llamar con la mirada, manteniendo largo tiempo delante de sus ojos aquellos que más lo pudiesen halagar.
Murió a medianoche, entre un Du Seuil y un Padeloup, las manos amorosamente enlazadas sobre un Thouvenin.
Al día siguiente seguimos el cortejo fúnebre, a la cabeza de un sinnúmero de desconsolados propietarios de tafileterías; y sobre la tumba hicimos sellar una lápida con la siguiente inscripción, que el mismo Teodoro había compuesto, parodiando el epitafio de Franklin:

YACE AQUI
EN SU ENCUADERNACION DE MADERA
UN EJEMPLAR IN FOLIO
DE LA MEJOR EDICION DEL HOMBRE
ESCRITO EN UNA LENGUA DE LA EDAD DE ORO
QUE EL MUNDO YA NO ENTIENDE
ES HOY UN LIBRO ARRUINADO
MANCHADO Y DESHOJADO
CON IMPERFECTO FRONTISPICIO
ROIDO POR LOS GUSANOS
Y ATACADO DE PODREDUMBRE
NO OSAMOS ESPERAR PARA EL
LOS INUTILES Y TARDIOS HONORES
DE LA REIMPRESION

© Traducción de Miguel Ángel Frontán 


NOTAS:
[1] El señor Wagenseil nos ha dado la traducción latina de un libro de los judíos intitulado Toldos Jeschu, en el que se nos cuenta que cuando Jeschu estaba en Bethléem de Judea, lugar en que había nacido, se puso a gritar muy fuerte: «¿Quiénes son esos hombres malvados que sostienen que soy bastardo y de origen impuro? Ellos son los bastardos y hombres muy impuros. ¿No fue una madre virgen la que me engendró? Y yo entré en ella por la coronilla.»  Dictionnaire filosophique – Généalogie.
[2] Nota del traductor: se trata de los nueve volúmenes de la Bibliothèque curieuse historique et critique, ou catalogue de livres difficiles à trouver par David Clément, Göttingen, Hannover, J.G.Scmidt, publicados entre 1750 y 1760.


El autor
Novelista, cuentista, dramaturgo, memorialista de la Revolución Francesa y del Imperio, historiógrafo del viejo París, lexicógrafo, entomólogo, Charles Nodier ofrece el perfecto ejemplo del hombre de letras europeo del siglo XIX.
Nacido en 1780, fue en su juventud un ferviente antibonapartista y conoció por ello la prisión y la clandestinidad. La Restauración Borbónica lo nombró director de la Biblioteca del Arsenal. En ese magnífico lugar, aún hoy intacto, Nodier vivió hasta su muerte en 1844. Fue allí donde animó uno de los más célebres salones literarios de la época mientras, pacientemente, continuaba elaborando una obra que sorprende por la vastedad de su inspiración y la inmensa variedad de sus temas.

jueves, 23 de febrero de 2012

LA MISMA MUJER

Federigo Tozzi
(originalmente publicado como Cuento corto en ARR N° 3)


Cuando los dos amigos volvieron a verse al cabo de tres años, casi tuvieron vergüenza de sí mismos: aunque siempre se habían escrito, era como una reconciliación tímida, que les molestaba.
Y Rafael, para sondear la amistad de Félix, le preguntó:
—¿Qué has hecho durante todo este tiempo?
Félix, con una hostilidad involuntaria, respondió:
—Lo sabes.
Y entonces desearon volver a mezclar todos sus sentimientos. La época de la separación se acortaba cada vez más, rápidamente. Pero no se decían nada. Se sentían bien juntos, y punto.
—Mira: ¡llueve!
Miraron juntos la lluvia, casi con los mismos ojos; y luego Félix dijo, como para hacer una comparación irónica:
—¿Recuerdas cuando nos mojábamos durante horas?
Y ambos desearon que lloviese; porque necesitaban saber que no se separarían demasiado pronto. Félix había estado a punto de casarse. Rafael lo sabía y pensaba en eso con un estremecimiento de curiosidad.  Pero Félix no quería hablar de ese tema;  porque aún amaba. Y Rafael, en cambio, sufría porque Félix no quería hablar. Por fin, preguntó:
—¿Por qué no te casaste?
Félix le apretó la mano y le dijo:
—Algún día lo sabrás.
El otro lo miró.
—¿Quieres saberlo en seguida? Contigo no puedo hablar con calma.
—Pero, ¿realmente la has querido?
Félix podía decir la verdad, pero sintió que tenía que responder que no. Tenía que hablarle de esa mujer obedeciendo, no a la verdad, sino a lo que en ese momento  le diese placer. Y le parecía, por esto, que era más bueno con su amigo.
—Yo —dijo Rafael— seguí llevando la vida que alguna vez tú también llevaste conmigo.
Y también él mintió, porque le desagradaba contar la verdad. Ambos debían disimular. Ahora, la amistad que había entre ellos les molestaba realmente: era como una sorpresa de su conciencia. Sentían que, de haber permanecido siempre juntos, habrían vivido de otro modo. Pero el pasado les pareció igualmente dulce y tan íntimo. La lluvia seguía, cada vez más fuerte; como si hubiese tenido prisa en destruir todos los recuerdos que formaban sus sentimientos. Rafael trató de cambiar de conversación:
—¿Es hermosa la ciudad en que estás ahora?
Pero Félix pensaba demasiado en su amor, y por eso no respondió. Ya no lograba olvidarlo; y se irguió, palideciendo. Rafael dijo:
—¡Yo también sufro!
—¡Cómo nos ocurre lo mismo! Sé que tú también has amado.
—Pero traté de vencerme a mí mismo.
—¿Y por qué no me contaste nunca nada?
—Porque me hablabas de ti mismo, y no quería decirte que yo también era como tú.
—¿Exactamente como yo?
Se echaron a reír. Luego Rafael dijo:
—Es mejor hablar de otra cosa.
—No podemos.
El café donde estaban se llenaba de gente, que entraba para resguardarse de la lluvia. Los dos grandes espejos que adornaban las paredes reflejaban la gente y las mesas; como si también ellos hubieran vuelto a hacer algo; lo que siempre debían hacer. Como eran los espejos de un café, parecían tener la función de atender sin tardanza a la gente. Algunos jóvenes entraron en la sala de billar, y poco después se oyeron los golpes de las bolas. En una mesa, cubierta con un pequeño tapiz verde, se jugaba a las cartas; en otra, fumando, otros parroquianos hojeaban los diarios. A lo largo de las paredes pintadas de blanco había bancos cubiertos de terciopelo rojo.  Había en el café una cierta alegría un poco apagada.
Félix dijo, con una alegría algo nerviosa:
—Si yo me hubiese casado, no habría vuelto a Roma.
El amigo respondió, como ante una bravuconada:
—Habría venido yo a buscarte.
Félix replicó con una pregunta, como hablando quién sabe de qué países lejanos:
—¿Hasta Bolonia?
Entonces le tomaron gusto a la conversación, aunque con cierto recelo:
—Por supuesto: a veces habría tenido modo de venir. Pero ¿quién es, entonces, esa mujer con la que te querías casar? ¿Una princesa?
De golpe, entonces, sintieron que la voz cambiaba:
—Tú también la has conocido.
El amigo, instintivamente, se vengó:
—Tú también has conocido a la mía.
Se rieron los dos, aunque con cierto miedo. En ese momento era seguro que se dirían el nombre. Sentían que estaba mal; pero Félix no se retuvo:
—Se llama Inés.
Rafael tuvo un sacudón de rabia; y dijo en voz baja:
—¿Era Inés?
—Ella misma.
Rafael quería reírse y no podía. Siguió vengándose, en cambio, casi balbuceando:
—¿Y no te dijo nunca que yo estaba enamorado de ella, antes de venir a Bolonia?
Pero Félix era más indulgente.
—Nunca.
Luego se pasó una mano por los ojos, y dijo:
—Ahora me parece una alucinación.
Rafael callaba, exasperado y doliente.
—Tendríamos que ir a verla juntos. Sé que está en Roma.
—Vamos ya mismo a buscarla.
—Pero antes, contémonos todo.
Era como si se ayudasen a volver a verla juntos; era como si la amasen juntos, sin pensar en quitársela el uno al otro.
Félix se sentía culpable; y permanecieron un momento sin poder hablarse y ni siquiera mirarse. Creían, incluso, que debían romper su amistad; y cada uno pensaba en Inés según como le había parecido. Pero ninguno de los dos se imaginaba que Inés hubiese ido de uno al otro sólo por el capricho de hacerse amar por dos amigos tan sinceros entre ellos. Ella ya había calculado que no sería ni de uno ni del otro.
Pero también ella, más que por coquetería, había querido hacer este experimento con una cierta seriedad; casi con el deseo de complacerlos a ambos, justamente, porque se querían. Cuando comprendía que el sentimiento verdaderamente la comprometía, encontraba el modo de alejarse; y todo, para ella, se quedaba en una especie de amistad un poco sensual; sin que quisiese darse cuenta de que los dos jóvenes se habían dejado atrapar por un sentimiento mucho más profundo y de otra naturaleza. Por último, se había arrepentido; y deseaba no volver a verlos. Era rubia y delgada; y hermosa, cuando sonreía.
Ahora, allí, en ese café, a donde la gente entraba empapada por la lluvia, ellos competían, silenciosamente, en defenderla y en odiarla al mismo tiempo. Rafael dijo:
—¿Logras entender por qué ha actuado así con los dos?
—No lo sé; pero no me hables de eso.
Félix se sentía, de pronto, lleno de celos. Y cuando llegaba a convencerse de que ella no lo había amado más que a Rafael, sufría. Iría a buscarla, pero solo; para hacerse amar y para arrebatársela al amigo. Pero habría querido arrebatársela incluso del recuerdo; y eso no era posible.
También Rafael tenía el mismo derecho; por lo que se sentía furioso y ridículo. Hubiera deseado que sólo se tratase de un sueño morboso. Rafael sentía su amor propio todo trastornado; se consideraba el más traicionado, y por eso era el que más odiaba a Inés. Aun si, contra su voluntad, le gustaba pensar que él la había amado antes que Félix.
Mirando a la gente de las otras mesas, creyeron que se estaban burlando de ellos. Se detuvieron, por esto, a mirar las bocas que sonreían, los gestos y los movimientos.
Pero Félix preguntó:
—¿Qué culpa tenemos entre nosotros?
Rafael habría querido responderle mal; pero sentía que no podía; y, a pesar suyo, tuvo que ser bueno también él. Y respondió:
—Ninguna.
—¿Por qué, entonces, no nos hablamos más?
—Creo que hemos pensado las mismas cosas.
No lograban, sin embargo, mirarse a los ojos, porque estaban furiosos; y bastaba con que callasen un poco para que su resentimiento volviese a dominarlos. Ambos se sentían a merced de la misma cosa malvada y desagradable. Querían expulsarla, rápido; y no era posible.
—¿Volverás a hablarle alguna vez?
Rafael fue presa de un gran deseo de ser sincero, que lo agitaba todo.
—Nunca.
—Yo tampoco.
Y, mirándose a los ojos, comprendieron que ambos se sentían afligidos hasta lo más profundo, que ambos querían sacarse del alma esa culpa involuntaria. Entonces Rafael dijo:
—Vamos juntos a mi casa, y quememos todo lo que conservamos de ella: cartas, flores, fotografías, los libros que nos regaló… ¿Quieres?
Félix no quería haberla amado en vano. Pero consintió.
Pagaron y salieron; bajo el mismo paraguas. Primero Félix pasó por el hotel en que tenía las maletas; y recogió todo lo que tenía de Inés.
Le temblaban las manos, pero se esforzaba por reír.
En casa de Rafael pusieron todo junto; sobre una mesita. Félix trataba de no mirar más; y lo dejaba hacer al otro. Pero ya tampoco el otro tenía fuerzas; y las lágrimas le humedecían los ojos. Hubiera querido que fuese Félix el que echase todo aquello en la chimenea; que ardía como si esperase para hacer más grande la llama.
—Tomemos lo que está encima de la mesita con nuestras manos juntas.
Félix obedeció; pero, al contacto de las manos de Rafael, apartó las suyas; con aversión. El otro se dio cuenta, y trató de darse prisa. Las cartas y los libros comenzaron a flamear, tras haber hecho un humo denso que salía de la estufa.
—¿También las fotografías?
—También.
Las vieron entre las llamas, como si hubiesen ido a refugiarse entre las páginas aún intactas. Luego, después de tensarse por el calor, se doblaron; se volvieron irreconocibles; se quemaron, casi sin llamas. Los libros, con las páginas comidas por el fuego, se aplastaban cada vez más, abriéndose e incinerándose.
No habían apartado los ojos de la chimenea; se sentían demasiado cerca el uno del otro.
Y cuando se miraron a la cara, sus miradas estaban llenas de odio violento.
Félix, entonces, se puso el sombrero y salió; porque ambos se avergonzaban de no tener la fuerza de matar.


© Traducción de Carlos Cámara

El autor

Federigo Tozzi es un importante autor italiano muy poco conocido en español. Tuvo una infancia infeliz, signada por la temprana la pérdida de la madre y por la incomprensión del padre. Fue expulsado por mala conducta de su primera escuela secundaria y de la escuela de Bellas Artes a la que asistió después. Cursó más tarde en distintos institutos técnicos, sin obtener título alguno. Comenzó a escribir hacia 1906, pero los textos de esa época sólo fueron publicados después de su muerte. Se dedicó al periodismo en Roma a partir de 1914, actividad que le produjo aún más desilusión. Su carrera literaria sólo comenzó realmente luego de su matrimonio, en 1908. Las diversas vicisitudes de su vida, que alimentan su obra, infunden a ésta última una visión pesimista del mundo, que Tozzi expresa en una lengua despojada y violenta. Sus principales novelas son: Con los ojos cerrados (1919), La granja (1920), Tres cruces (1920). Animales, de 1915, es una cruza de diario y de bestiario. Los volúmenes La imagen y otros cuentos y Nuevos cuentos reúnen todos sus relatos cortos.