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jueves, 17 de mayo de 2012

Penas de amor de una gata inglesa


Honoré de Balzac
(originalmente publicado como Cuento largo en ARR N° 5)


CUANDO el informe detallado de la primera sesión celebrada por ustedes llegó a Londres, ¡oh animales franceses!, hizo palpitar el corazón de los amigos de la Reforma Animal. En mi cabecita tenía yo tantas pruebas de la superioridad de los Animales sobre el Hombre que, en mi calidad de inglesa, vi llegado el momento tan anhelado de publicar la novela de mi vida para mostrar cómo, pobre de mí, me atormentaron las leyes hipócritas de Inglaterra. Ya en dos ocasiones, algunos ratones que había jurado respetar después del bill de su augusto Parlamento me habían llevado a la casa del editor Colburn y yo me había preguntado, al ver a viejas señoritas y señoras maduras e inluso jóvenes recién casadas corrigiendo las pruebas de galera de sus libros, por qué, teniendo uñas, no haría yo otro tanto. Nunca se sabrá en qué piensan las mujeres, sobre todo las que pretenden escribir; en tanto que una Gata, víctima de la perfidia inglesa, tiene interés en decir más de lo que piensa, y lo que escribe en demasía puede compensar lo que callan esas ilustres ladies. Mi ambición es ser la Mistress Inchbald{1} de las Gatas, y les ruego a ustedes que sean condescendientes con mis nobles esfuerzos, ¡oh Gatos franceses!, ya que es de ustedes de quienes sale la familia principal de nuestra raza, la del Gato con Botas, eterno tipo del Anuncio Publicitario, y al que tantos Hombres han imitado sin haberle todavía levantado una estatua.
Nací en la propiedad de un ministro de Catshire, en las cercanías de la pequeña ciudad de Miaulbury. La fecundidad de mi madre condenaba a casi todos sus hijos a padecer un cruel destino, ya que, como saben, se ignora aún a qué atribuir la intemperante maternidad de las Gatas inglesas, que amenaza con poblar el mundo entero. Los Gatos y las Gatas, cada cual por su lado, atribuyen tal resultado a su amabilidad y a sus propias virtudes. Pero algunos observadores impertinentes dicen que Gatos y Gatas están sometidos en Inglaterra a reglas de comportamiento tan perfectamente aburridas que no hallan otro medio de distraerse que no sea el de esas pequeñas ocupaciones de familia. Otros pretenden que hay en esta cuestión grandes intereses industriales y políticos, debido a la dominación inglesa de la India, pero en mis patas esas son cuestiones poco decentes y se las dejo a la Edinburgh Review. Fue gracias a la perfecta blancura de mi pelaje como me vi exenta al nacer de ser constitucionalmente ahogada. Por eso fue que me llamaron Beauty. ¡Ay!, la pobreza de aquel ministro que tenía mujer y once hijas no le permitió conservarme. Cierta solterona reparó en que yo sentía una especie de afecto por la Biblia del ministro: me le sentaba siempre encima, no por religión sino porque era el único lugar limpio en aquella casa. Quizás pensó que yo terminaría formando parte de la secta de los Animales Sagrados que ya nos ha dado al asna de Balaam; lo cierto es que me llevó con ella. Por ese entonces, yo sólo tenía dos meses. Esa solterona, que organizaba en su casa veladas para las cuales enviaba invitaciones que prometían té y Biblia, trató de comunicarme la ciencia fatal de las hijas de Eva; lo logró con un método protestante que consiste en hacer razonamientos tan largos sobre la dignidad personal y sobre las obligaciones sociales, que para no escucharlos una preferiríai sufrir el martirio.
Una mañana, yo, pobre criaturita de la naturaleza, atraíada por la nata de un bol sobre el que estaba puesto de través un muffin, de un golpe de pata saqué el muffin y lamí la nata; luego de lo cual, rebosante de dicha, y seguramente debido a la debilidad de mis tiernos órganos, me abandoné, sobre la alfombra, al más imperioso de los deseos que sienten las Gatas jóvenes. A la vista de la prueba de lo que ella llamó mi intemperancia y mi falta de educación, la solterona se apoderó de mí y me dio unos cuantos azotes con una rama de abedul, mientras juraba que haría de mí una lady o que, caso contrario, me abandonaría. 
 —¡Qué bonito! —decía—. Aprenda usted, Miss Beauty, que las Gatas inglesas envuelven con el más profundo misterio esas cosas naturales que pueden empañar el pudor inglés, que eliminan todo lo que es improper y aplican a la criatura, como le ha oído decir al reverendo doctor Simpson, las leyes que Dios hizo para la creación. ¿Ha visto usted a la tierra, acaso, comportarse de manera indecente? Por otra parte, ¿no pertenece usted a la secta de los saints (pronúnciese seints) que caminan lentamente los domingos para que quede bien claro que están paseando? Tiene usted que aprender a sufrir mil muertes antes que revelar sus deseos: en eso consiste la virtud de los saints. El más hermoso privilegio de las Gatas es el de desaparecer, con esa gracia que las caracteriza, e ir a algún lugar ignorado para llevar a cabo su pequeño aseo. De tal manera que usted sólo se ofrecerá a las miradas de los otros en estado de belleza. Los demás, engañados por las apariencias, la tomarán por un ángel. De ahora en adelante, cuando semejante necesidad se apodere de usted, mire hacia la ventana, simule que tiene ganas de dar un paseo y vaya entre las plantas o al borde de algún techo. Si el agua, hija mía, es la gloria de Inglaterra, es, precisamente, porque Inglaterra sabe qué hacer con ella, en vez de dejarla caer, como una idiota, como lo hacen los franceses{2}, que no poseerán nunca una marina debido a la indiferencia que sienten por el agua.
A mí me pareció, con mi simple sentido común de Gata, que en esta doctrina había mucho de hipócrita, ¡pero era tan joven!
—¿Y cuando me encuentre al borde del techo? —pensaba yo mirando a aquella solterona.
—Una vez sola y muy segura de que nadie te ve, sólo entonces, Beauty, podrás dejar de lado las buenos maneras, y lo harás con tanto más gusto cuanto que habrás sabido retenerte en público. En eso resplandece la perfección de la moral inglesa, que se ocupa exclusivamente de las apariencias, sabiendo que este mundo no es otra cosa, ¡ay!, que apariencia y engaño.
Confieso que todo mi sentido común de animal se rebelaba contra tales tapujos; pero, con tanto azote como me habían dado, terminé comprendiendo que en la limpieza exterior consistía toda la virtud de una gata inglesa. A partir de ese momento, tomé la costumbre de ocultar bajo las camas los buenos bocados que me gustaban. Nunca nadie me vio comer, beber o ocuparme de mi aseo. Fui considerada la perla de las Gatas.
Tuve, entonces, la oportunidad de reparar en la sandez de los hombres que se proclaman sabios. Entre los doctores y otras personas que componían el círculo de amistades de mi dueña, se hallaba un tal Simpson, una especie de imbécil, hijo de un rico propietario, que esperaba obtener un buen puesto y que para obtenerlo daba explicaciones religiosas de todo cuanto hacen los animales. Un día me vio tomando la leche en mi taza y felicitó a la solterona por la manera en que yo había sido educada, porque había observado cómo lamía yo los bordes e iba, dando vueltas, disminuyendo el círculo que formaba la leche.
—Observe, pues —dijo—, cómo gracias a una santa compañía todo se perfecciona: Beauty posee el instinto de la eternidad, ya que, mientras toma la leche, describe el círculo que es su emblema.
Mi conciencia me obliga a decir que la aversión que sienten las Gatas a mojarse el pelo era la única razón que yo tenía para tomar de tal manera la leche; pero siempre seremos mal comprendidos por los sabios que se preocupan mucho más por mostrar su ingenio que por entendernos. Cuando las Señoras o los Hombres me tomaban en brazos para pasar sus manos por mi lomo de nieve y hacer brotar chispas de mi pelo, la solterona decía con orgullo: —Pueden tenerla en brazos sin nada que temer en cuanto a la ropa: ¡es admirablemente bien educada! Todo el mundo decía que yo era un ángel: me daban sin cesar golosinas y las comidas más delicadas, pero declaro que me aburría profundamente. Así, comprendí muy bien cómo había sido posible que una Gatita del barrio huyese con un Gato. Esa palabra, Gato, produjo como una enfermedad en mi alma que nada podía curar, ni siquiera los elogios que recibía, o más bien que mi dueña se prodigaba a sí misma: —Beauty es enteramente moral. Es un angelito —decía—. A pesar de ser tan bella, es como si lo ignorase. Nunca mira a nadie, lo que es el grado más alto de la bella educación aristocrática; es cierto que se deja ver sin que hacerse rogar, pero, sobre todo, posee esa perfecta insensiblidad que exigimos de nuestras jóvenes miss, y que sólo podemos lograr muy dificilmente. Beauty espera a que la llamen para aproximarse a alguien, nunca salta sobre uno familiarmente, nadie la ve nunca mientras come y, por cierto, ese monstruo de Lord Byron la hubiera adorado. Como buena inglesa que es, adora el té, mantiene una compostura grave cuando se explica un pasaje de la Biblia, y no piensa mal de nadie, lo que le permite escuchar la maledicencia de los demás. Es simple y no tiene afectación alguna; no le interesan las joyas, si le dan un anillo no lo conservará; en fin, no imita la vulgaridad de las que salen de caza, le gusta el home y permanece tan perfectamente tranquila que a veces se creería que es una Gata mecánica, como las que se hacen en Birminghan o en Manchester, lo que es el nec plus ultra de la buena educación.
  Lo que los Hombres y las solteronas llaman educación es una costumbre adquirida para disimular los instintos más naturales, y, una vez que nos han depravado totalmente, dicen que somos muy educadas. Cierta tarde, mi dueña le rogó a una joven miss que cantase. Cuando la joven se sentó al piano y se puso a cantar, reconocí de inmediato las canciones irlandesas que había escuchado en mi infancia y me di cuenta de que yo también estaba dotada para la música. Uní entonces mi voz a la de la joven, pero recibí golpes encolerizados mientras que ella no recibía más que elogios. Tamaña injusticia me indignó y me escondí en el altillo. ¡Amor sagrado de la patria! ¡Qué noche deliciosa! Supe, al fin, lo que era hallarse al borde del tejado. Oí los himnos que los Gatos les cantaban a otras Gatas; y esas adorables elegías me hicieron sentir lástima de las hipocresías que mi dueña me había obligado a aprender. Algunas Gatas se dieron cuenta de mi presencia y parecieron ponerse celosas. Fue entonces cuando un Gato de pelo hirsuto, magnífica barba y gran prestancia, se aproximó a examinarme y le dijo a su compañera: —¡Es una niña! Al escuchar esas palabras de desprecio me puse a saltar sobre las tejas y a caracolear con la agilidad que nos distingue, volviendo a caer sobre mis patas de esa manera suave y flexible que ningún animal podría imitar, con el firme propósito de hacer ver que ya no era tan niña. Pero tales gaterías no surtieron efecto alguno. —¿Cuándo llegará el día en que me canten himnos? —me decía a mí misma. El aspecto de aquellos soberbios Gatos, sus melodías con las que la voz humana no podrá rivalizar nunca, me habían conmovido profundamente y me habían hecho componer algunos poemitas que yo cantaba en las escaleras. Pero un gran acontecimiento se produjo y me arrancó bruscamente de esa vida inocente. Fui llevada a Londres por la sobrina de mi dueña, una rica heredera que se enamoró de mí, que me abrazaba y besaba con furor y que me agradó tanto que, en contra de todos nuestros hábitos, me apegué profundamente a ella. No nos dejábamos en ningún momento, y así pude observar la gran sociedad de Londres durante la temporada. Allí fue donde estudié la perversidad de las costumbres inglesas que se ha extendido hasta los Animales; allí fue donde conocí ese cant{3} que Lord Byron maldijo y del que ambos hemos sido víctimas, aunque yo no haya publicado mis Hours of idleness.
Arabelle, mi ama, era una joven como existen tantas en Inglaterra: no sabía muy bien con quién quería casarse. La absoluta libertad en la que se deja a las jóvenes con respecto a la elección de un hombre las vuelve casi locas, sobre todo cuando reflexionan en el rigor de las leyes inglesas, que no admiten, luego del matrimonio, ninguna “conversación” en privado. En lo que a mí respecta, yo estaba muy lejos de pensar que las Gatas de Londres ya habían adoptado esta severidad, que las leyes inglesas me serían severamente aplicadas y que debería padecer el juicio de los terribles Doctors commons. Arabelle daba muy buena acogida a todos los hombres que le eran presentados, y cada cual podía creer que sería con él con quien esta hermosa muchacha se casaría; pero cuando una posible conclusión parecía estar cercana encontraba cualquier pretexto para romper la relación. Debo confesar que tal conducta me parecía poco conveniente. —¿Casarme con un hombre con las rodillas protuberantes? ¡Nunca! —decía de uno de ellos—. Y ése, el pequeñín, ¡es ñato! Los Hombres me eran tan absolutamente indiferentes que yo no entendía nada de esas incertidumbres basadas en diferencias puramente físicas.
Al fin, cierto día, un anciano Par de Inglaterra le dijo al verme: —¡Qué linda Gata tiene Ud.! Se le parece: es blanca, es joven y necesita un marido. Permítame que le presente un Angora magnífico que tengo en casa.
  Tres días más tarde, el Par trajo consigo al Gato más hermoso de entre los gatos de todos los Pares. Puff tenía el pelo negro y los más magníficos ojos verdes, verdes y amarillos, pero fríos y altaneros. Su cola, notable por sus anillos amarillentos, barría la alfombra con sus pelos largos y sedosos. Quizás fuese originario de la casa imperial de Austria, ya que llevaba, como lo ven, los colores de ésta. Su comportamiento era el de un Gato que ha visto la Corte y la alta sociedad. Su severidad en lo que respecta a las buenas maneras era tan grande que no se habría rascado, en público, la cabeza con la pata. Tan hermoso era, en efecto, que se contaba que la reina de Inglaterra lo había acariciado. Yo, ingenua y simple, le salté al cuello para invitarlo a jugar, lo que él rechazó so pretexto de que no estábamos solos. Fue entonces cuando me di cuenta de que el Par de Inglaterra les debía a la edad y a los excesos culinarios esa gravedad falsa y forzada que los ingleses llaman respectability. Sus formas macizas, que los hombres admiraban, entorpecían sus movimientos. Tal era la verdadera razón por la que no respondía a mis amabilidades: permanecía sereno y frío sentado sobre su impronunciable, moviendo la barba, mirándome y cerrando, de tanto en tanto, los ojos. En el mundo de los Gatos ingleses, Puff era el mejor partido imaginable para una Gata nacida en la casa de un ministro: tenía dos sirvientes que se ocupaban de él, comía en platos de porcelana china, sólo bebía té negro, se paseaba en coche por Hyde Park y entraba en el Parlamento. Mi ama lo conservó en su casa. Sin yo saberlo, toda la población felina de Londres se enteró de que Miss Beauty de Catshire se casaba con el ilustre Puff de los colores austríacos. Una noche, oí un concierto en la calle y bajé en compañía de milord, que, debido a su gota, andaba lentamente. Nos encontramos con las Gatas de los Pares, que venían a felicitarme y a rogarme que entrase en su Sociedad Ratófila. Me explicaron que no había nada más ordinario que andar corriendo detrás de Ratas y Ratones. Las palabras shocking, vulgar, estaban en todas las bocas. Por último, habían formado, para mayor gloria del país, una Sociedad de Templanza. Algunas noches más tarde, fuimos milord y yo a los techos de los salones de Almack a escuchar a un Gato gris que iba a hablar del asunto. En una exortación, apoyada por gritos de ¡muy bien! ¡muy bien!, demostró que San Pablo, al escribir sobre la caridad, hablaba también a los Gatos y Gatas de Inglaterra. Le estaba, por lo tanto, reservado a la raza inglesa, que podía ir de un extremo a otro del mundo en sus navíos sin que tuviese que temer al agua, difundir los principios de la moral ratófila. Así que en todos los puntos del globo había Gatos ingleses que predicaban ya las sanas doctrinas de la Sociedad, las que, por otra parte, se basaban en los descubrimientos de la ciencia. Se había estudiado la anatomía de Ratas y Ratones y se había encontrado poca diferencia entre ellos y los Gatos: la opresión de los unos por los otros iba, por lo tanto, en contra del Derecho de los Animales, que es más sólido aún que los Derechos Humanos. “Son nuestros hermanos”, dijo. Y pintó tan bien los sufrimientos de una Rata atrapada en las fauces de un Gato que se me saltaron las lágrimas.
Lord Puff, viéndome engatusada por este speech, me dijo confidencialmente que Inglaterra proyectaba hacer un inmenso comercio con Ratas y Ratones; que si los otros Gatos ya no se las comían, el precio de las Ratas bajaría; que detrás de la moral inglesa siempre había alguna razón mercantil; y que esta alianza de la moral y del mostrador era la única alianza que le interesaba realmente a Inglaterra.
Me pareció que Puff era un político demasiado bueno como para poder ser un buen marido.
Un Gato del campo (country gentleman) hizo observar que en el Continente Gatos y Gatas eran sacrificados cotidianamente por los católicos, sobre todo en París, en los alrededores de las fortificaciones (los demás comenzaron a gritar: ¡Al grano!). Además se sumaba a esas crueles ejecuciones una horrible calumnia, haciendo pasar a esos valientes Animales por Conejos; mentira y barbarie que aquel Gato atribuía a la ignorancia de la verdadera religión anglicana, que no permitía la mentira y la falsedad fuera de las cuestiones gubernamentales, de política exterior o de gabinete.
Fue tratado de radical y de cabeza hueca. “¡Estamos aquí por los intereses de los Gatos de Inglaterra, no por los del continente!”, dijo un fogoso Gato tory. Milord dormía. Al final de la asamblea, oí estas deliciosas palabras dichas por un joven Gato que venía de la Embajada francesa y cuyo acento mostraba su nacionalidad.
“Dear Beauty, en mucho tiempo la Naturaleza no podrá crear una Gata tan perfecta como usted. El cachemira de Persia y de la India parece crin de camello, si se lo compara con la seda fina y brillante de su pelo. Exhala usted un perfume que haría desvanecerse a los ángeles; yo lo sentí desde el salón del señor de Talleyrand, que dejé para asistir a este diluvio de tonterías que ustedes llaman un meeting. El fuego de sus ojos, Beauty, ilumina la noche. Sus orejas serían la perfección misma si mis quejas pudieran enternecerlas. No existe en toda Inglaterra un rosa tan rosa como la rosada piel de su boquita de rosa. En vano un pescador buscaría en los abismos de Ormus la perla que pudiese compararse a sus dientes. Su hocico, Beauty, fino, gracioso, es lo más primoroso que haya producido Inglaterra. La nieve de los Alpes parecería rojiza al lado de su pelo celestial. ¡Ah!, un tipo tal de pelo sólo existe entre las brumas de Inglaterra. Sus patas llevan suave y graciosamente ese cuerpo, que es el resumen de los milagros de la creación; pero su cola, elegante intérprete de los impulsos del corazón, las supera en mucho: ¡así es!, nunca curva tan elegante, redondez más pura, movimientos más delicados, se vieron en ninguna Gata. Deje de lado a ese cómico y viejo Puff que duerme como un Par de Inglaterra en el Parlamento; que, por otra parte, es un miserable vendido a los whigs; y que, debido a una larga estancia en Bengala, ha perdido todo lo que puede gustar a una Gata.
Disimuladamente miré a ese encantador Gato francés: tenía los pelos revueltos, era pequeño y vivaz y no se parecía en nada a un Gato inglés. Su desparpajo, como así también la manera de sacudir las orejas, anunciaban a un pícaro descarado. Confieso que yo estaba cansada de la solemnidad de los Gatos ingleses y de su limpieza puramente material. Su afectación de respectability me parecía, sobre todo, ridícula. La excesiva naturalidad de ese Gato mal peinado me sorprendió por el violento contraste con todo lo que podía ver en Londres. Por otra parte, mi vida estaba tan bien organizada, sabía tan bien lo que debía hacer durante el resto de mi vida, que fui sensible a todo lo que anunciaba la fisonomía del Gato francés. Todo me pareció, entonces, insípido. Comprendí que podía vivir en los techos con una criatura divertida que venía de ese país en el que han sabido consolarse de las victorias del mayor general inglés con estas palabras: “¡Mambrú se fue a la guerra, chiribín, chiribín, chin, chin!” A pesar de lo cual, desperté a milord y le di a entender que era muy tarde, que teníamos que regresar. No di señas de haber hecho caso de esa declaración, y mostré una insensibilidad total que petrificó a Brisquet. Permanecía allí, tanto más sorprendido cuanto que se creía muy guapo. Más tarde, supe que seducía a todas las Gatas de buena voluntad. Lo miré de reojo: se alejaba dando saltitos, volvía desde el otro lado la calle, y se alejaba otra vez de la misma manera, como un Gato francés presa de la desesperación: un inglés auténtico habría disimulado decentemente sus sentimientos y no los hubiese dejado ver así. Unos días más tarde, nos encontramos en la magnífica mansión del viejo Par, y yo salí en coche a pasearme por Hyde Park. Sólo comíamos huesos de pollo, espinas de pescado, cremas, leche y chocolate. Por más excitante que fuese este régimen, mi pretendido marido Puff permanecía serio. Su respectability se extendía hasta mí. Por lo general dormía, a partir de las siete de la tarde, en el regazo de Su Señoría, mientras ésta jugaba al whist. Mi alma carecía, pues, de toda satisfacción, y yo languidecía. Éste mi estado íntimo se combinó fatalmente con una pequeña dolencia en las entrañas que me produjo el jugo de arenque puro (el vino de oporto de los Gatos ingleses) que Puff bebía y que me puso medio loca. Mi ama hizo venir a un médico que acababa de egresar de Edimburgo tras estudiar largo tiempo en París. Éste, después de diagnosticar mi enfermedad, prometió a mi ama que me curaría sin falta al día siguiente. En efecto, volvió y sacó de su bolsillo un instrumento de fabricación parisina. Me sentí horrorizada cuando vi un caño de metal blanco rematado por un tubo más fino. Al ver ese mecanismo, que el doctor manipuló con satisfacción, Sus Señorías se sonrojaron, se indignaron y expresaron cosas muy bellas sobre la dignidad del pueblo inglés. Según lo cual, lo que distinguía a la vieja Inglaterra de los católicos no eran tanto sus opiniones sobre la Biblia como sobre ese infame aparato. El Duque dijo que en París a los franceses no les avergonzaba exhibirlo en el teatro nacional, en una comedia de Molière; pero que en Londres un watchman no osaría pronunciar su nombre.  —¡Déle un poco de calomel!
  —¡Pero eso la mataría! —replicó el doctor—. En cuanto a este inocente aparato, los franceses hicieron mariscal a uno de sus mejores generales por haber sabido servirse de él delante de la famosa columna{4}.
—Los franceses pueden regar las revueltas intestinas como les plazca —respondió Milord—. Yo ignoro, y usted también, lo que podría resultar del empleo de este humillante aparato; pero lo que yo sé es que un auténtico médico inglés sólo debe curar a sus enfermos con los remedios de la vieja Inglaterra.
El médico, que comenzaba a gozar de una gran reputación, perdió a todos sus pacientes de la alta sociedad. Llamaron a otro médico, que me hizo preguntas indiscretas sobre Puff y me enseñó que el verdadero lema de Inglaterra era: Dieu et mon droit... conyugal . Una noche, oí en la calle la voz del Gato francés. Nadie podía vernos; trepé por la chimenea y, desde lo alto de la casa, le grité: “¡En el reborde del techo!” Esta respuesta le dio alas, estuvo a mi lado en un abrir y cerrar de ojos. ¿Creerán ustedes que ese Gato francés tuvo la impúdica audacia de valerse de mi pequeña exclamación para decirme: “¡Ven a mis patas!” Osó tutear, sin más, a una Gata distinguida. Lo miré fríamente y, para darle una lección, le dije que yo era miembro de la Sociedad de Templanza.
—Veo, mi estimado —le dije—, a juzgar por su acento y la liviandad de sus palabras, que usted, como todos los Gatos católicos, es alguien inclinado a reír y a hacer mil ridiculidades, creyendo que con un poco de arrepentimiento todo le será perdonado; pero en Inglaterra tenemos más respeto por la moral: ponemos nuestra respectability en todo, incluso en los placeres.
Ese joven Gato, impresionado por la majestad del cant inglés, me escuchó con una especie de atención que me hizo concebir la esperanza de hacer de él un Gato protestante. Me dijo entonces, con las más hermosas palabras, que haría todo cuanto yo quisiese, con tal que le fuese permitido adorarme. Lo miré sin poder responder, ya que sus ojos, very beautiful, splendid, brillaban como estrellas, iluminaban la noche. Mi silencio lo envalentonó y exclamó: —¡Minina mía!
  —¿Qué nueva indecencia es ésta? —exclamé, sabiendo que los Gatos franceses son muy ligeros en su manera de hablar.
Brisquet me hizo saber que, en el continente, todo el mundo, hasta el rey, llamaba a sus hijas Minina mía, como signo de afecto; que muchas mujeres, y aun las más hermosas y aristocráticas, llamaban a sus maridos Gatito mío, incluso cuando no los querían. Si yo quería complacerlo, lo llamaría: ¡Hombrecito mío! Diciendo esto, levantó sus patas con gracia infinita. Yo desaparecí, por miedo a ser débil. Brisquet entonó Rule Britannia!, de tan feliz que estaba, y al día siguiente su querida voz resonaba todavía en mis oídos.
—¡Ah!, también tu estás enamorada, querida Beauty —me dijo mi ama, al verme estirada en la alfombra, despatarrada, el cuerpo en muelle abandono y embriagada con la poesía de mis recuerdos.
Me sorprendió tanta inteligencia en una Mujer, y fui entonces a restregarme en sus piernas, arqueándome y haciéndole oír un ronroneo amoroso hecho con las cuerdas más graves de mi voz de contralto.
Mientras mi ama, que me subió a su regazo, me acariciaba rascándome la cabeza y yo ponía mi mirada tierna en sus ojos llenos de lágrimas, tenía lugar en Bond Street una escena cuyas consecuencias fueron terribles para mí.
Puck, uno de los sobrinos de Puff, que aspiraba a sucederle y que por el momento vivía en el cuartel de la Caballería Real, se encontró con my dear Brisquet. El solapado capitán Puck felicitó al agregado de la embajada por su éxito conmigo, diciendo que yo había resistido a los más encantadores Gatos de Inglaterra. Brisquet, como francés vanidoso que era, respondió que se sentiría dichoso de merecer mi atención, pero que las Gatas que hablan de Templanza, de Biblia, etc., le producían horror.
—¡Oh! —dijo Puck—, entonces, ¿ya le habla?
Briquet, ese adorable francés, fue de ese modo víctima de la diplomacia inglesa; pero cometió uno de esos errores imperdonables que indignan a todas las Gatas bien educadas de Inglaterra. Ese bribonzuelo actuaba realmente con mucha ligereza. ¿No se le ocurrió, acaso, saludarme en el Park y pretender hablarme familiarmente, como si nos conociéramos? El cochero, al ver a ese francés, le dio un latigazo que casi lo mata. Brisquet lo recibió mirándome con una intrepidez que cambió mi estado de ánimo: lo amé por la manera en que se dejó golpear, sin ver otra cosa que no fuera yo, sintiendo sólo el privilegio de mi presencia, y dominando la naturaleza que inclina a los Gatos a huir ante la menor apariencia de hostilidad. No adivinó que yo me sentía morir, a pesar de mi frialdad aparente. En ese mismo momento, resolví que me dejaría raptar por él. Esa noche, en la azotea, me arrojé perdidamente en sus patas.
—My dear —le dije—, ¿posee usted el capital necesario para pagarle al viejo Puff los daños y perjuicios?
—No tengo otro capital —me respondió, riendo, el francés— que los pelos del bigote, mis cuatro patas y esta cola.
Diciendo esto, dio una barrida a la azotea con un movimiento lleno de orgullo.
—¡Ningún capital! —respondí—, pero usted no es más que un aventurero, my dear.
—Me gustan las aventuras —me dijo tiernamente—. En Francia, es en las circunstancias a las que tú haces alusión cuando los Gatos se agarran de los pelos. Sacan las uñas , no los billetes. 
—¡Pobre país! —le dije—. Y ¿cómo es posible que envíe al extranjero, a sus embajadas, Animales que carecen de capital?
—¡Esa es una buena pregunta! —dijo Brisquet—. A nuestro nuevo gobierno no le gusta el dinero... cuando se trata de sus empleados: lo único que le interesa es la capacidad intelectual.
El querido Brisquet tenía, al hablarme, un aire de autosatisfacción tal que me hizo temer que no fuese más que un vanidoso.
—¡El amor sin capital es un non-sens! —le dije—. Mientras usted vaya de un lado a otro a buscar algo para comer, no podrá ocuparse de mí, querido mío.
Ese encantador francés me demostró, a guisa de respuesta, que descendía, por parte de abuela, del Gato con Botas. Además, tenía noventa y nueve maneras de pedir dinero, y nosotros, dijo, sólo tendríamos una de gastarlo. Por último, sabía música y podía dar lecciones. En efecto, me cantó, con acentos que desgarraban el alma, una romanza nacional de su país: Al claro de luna...
En ese momento, varios Gatos y Gatas traídos por Puck fueron testigos del momento en que, seducida con tantas razones, le prometí a ese querido Brisquet que lo seguiría en cuanto él fuese capaz de mantener decentemente a su esposa. Al darme cuenta, exclamé: —¡Estoy perdida!
Al día siguiente, el viejo Puff hizo una denuncia ante los Doctors commons por conversación criminal. Puff estaba sordo y sus sobrinos abusaron de ello. Puff dijo a los jueces que una noche, pretendiendo halagarlo, yo lo había llamado ¡Hombrecito mío! Fue uno de los peores cargos en mi contra, ya que no tuve manera de explicar quién me había enseñado esas palabras amorosas. Milord, sin quererlo, fue muy malo conmigo, pero yo ya me había dado cuenta de que estaba chocho. Su Señoría no podía sospechar de qué bajas intrigas yo era víctima. Algunos jóvenes Gatos que me defendieron en contra de la opinión pública me han dicho que hay veces en que pregunta por su ángel, por la alegría de sus ojos, por su darling, por su sweet Beauty. Incluso mi madre, que había venido a Londres, se negó a verme y a escucharme, pero me hizo saber que una Gata inglesa no debía tener jamás una conducta sospechosa y que yo amargaba en mucho sus últimos días. Mis hermanas, celosas de mi elevación, apoyaron a mis acusadoras. Por último, la servidumbre declaró en mi contra. Fue entonces cuando me di cuenta de cuál es la cuestión que hace que en Inglaterra todo el mundo pierda la cabeza. En cuanto se trata de una conversación criminal, todos los sentimientos desaparecen, una madre ya no es una madre, una nodriza querría hacerse devolver su leche y todas la Gatas gritan en la calle. Pero lo más infame fue que mi viejo abogado, que en una época había creído en la inocencia de la reina de Inglaterra{5}, al que yo había contado todo con pelos y señales, que me había asegurado que no había materia ni para azotar a un Gato{6}, y al que, como prueba de mi inocencia, le confesé que yo no entendía nada de esas palabras, conversación criminal (me dijo que se la daba este nombre, justamente, por lo poco que se hablaba en tales situaciones); ese abogado, digo, sobornado por el capitán Puck, me defendió tan mal que fue evidente que mi causa estaba perdida. En tales circunstancias, tuve el coraje suficiente para comparecer ante los Doctors commons.
  —Milords —dije—, soy una Gata inglesa y soy inocente. ¿Que se diría de la justicia de la vieja Inglaterra si...?
Acababa de pronunciar esas palabras cuando espantosos murmullos ahogaron mi voz, hasta tal punto el público había sido influenciado por el Cat-Chronicle y por los amigos de Puck.
—¡Pone en duda la justicia de la vieja Inglaterra, que ha instaurado el Jurado! —gritaban.
—Lo que pretende explicar, Milord —exclamó el abominable abogado de mi adversario—, es cómo se paseaba por los techos en compañía de un Gato francés con la intención de convertirlo a la religión anglicana. La verdad es que iba para decirle, a la vuelta, mon petit Homme a su marido, para escuchar los execrables principios del papismo y para aprender a menospreciar las leyes y los usos de la vieja Inglaterra.
Cuando se evocan tales tonterías delante de un público inglés se lo hace volver loco. Así fue como una tempestad de aplausos acogió las palabras del abogado de Puck. Fui condenada a la edad de veintiséis meses, cuando hubiese podido demostrar que yo ignoraba todavía lo que era un Gato. Pero todo eso me hizo comprender que es a causa de esas chocheces que a la vieja Inglaterra la llaman Albión.
Caí en una profunda misgatopía, debida menos a mi divorcio que a la muerte de mi querido Brisquet, a quien Puck, que temía su venganza, hizo matar aprovechando una revuelta. Es así como nada me pone más furiosa que oír hablar de la lealtad de los Gatos ingleses.
Ya ven ustedes como, ¡oh Animales franceses!, al familiarizarnos con los Hombres tomamos de ellos todos los vicios y todas las malas instituciones. Volvamos a la vida salvaje, en la que sólo obedecemos al instinto y en la que no encontramos ninguna costumbre opuesta a los más sagrados designios de la naturaleza. En este momento estoy escribiendo un tratado político destinado a las clases obreras animales, para convencerlas de que dejen de hacer marchar las máquinas y que rehúsen que las unzan a las carretas, ense¬ñándoles al mismo tiempo los medios para liberarse de la opresión de los grandes aristócratas. Aunque nuestros garabateos ya son célebres, creo que Mis Harriet Martineau estaría de acuerdo conmigo. En el continente, ustedes ya saben que la literatura se ha transformado en el refugio de cuanta Gata protesta contra el inmoral monopolio del matrimonio, resiste a la tiranía de las instituciones y propone la vuelta a las leyes naturales. Olvidaba decirles que, a pesar de que Brisquet tuviese el cuerpo atravesado por una puñalada en la espalda, el Coroner, con una hipocresía infame, declaró que se había envenenado a sí mismo con arsénico. ¡Cómo si fuese posible que un Gato tan alegre, tan alocado, pudiera haber reflexionado lo bastante sobre la vida como para concebir una idea tan seria; y como si un Gato al que yo amaba hubiera podido sentir el menor deseo de abandonar la existencia! Pero, gracias al aparato de Marsh{7}, fueron halladas algunas manchas en un plato.


© Traducción de Miguel Ángel Frontán 


NOTAS:
{1} Elisabeth Inchbald (1753-1821), novelista popular y autora de comedias de gran éxito.
{2} Tomber de l'eau (dejar o hacer caer agua, verter agua): orinar.
{3} Término inglés que designa la jerga propia de una secta o de un grupo social. Sinónimo de hipocresía.
{4} El 10 de mayo de 1831, en la Plaza Vendôme, el general Lobau disolvió una revuelta sin tirar una sola bala: únicamente con el agua de las mangueras de los bomberos. La feliz idea le dio una enorme popularidad y tres meses más tarde el bastón de mariscal de Francia.
{5} Referencia a la historia de Caroline de Brunswick-Wolfenbüttel (1768-1821). En 1795 se había casado con el Príncipe de Gales, George Augustus Frederick, y pronto se separó de él, conservando una gran popularidad. Su marido la sometió a dos procesos por adulterio que escandalizaron a toda Europa, y cuando fue coronado como Jorge IV de Inglaterra le prohibió usar el título de reina consorte y hasta la entrada a la abadía de Westminster.
{6} Il n'y a pas de quoi fouetter un chat (no hay con qué o por qué azotar a un gato, no es motivo que justifique azotar a un gato): se dice de algún asunto de poca importancia.
{7} James Marsh (1789-1843) inventó en 1836 un test que permitía detectar cantidades ínfimas de arsénico.


El autor
Prometeo de la novela moderna, temperamento volcánico, escribiendo hasta la extinción total de su prodigiosa vitalidad, así veremos siempre a Honoré de Balzac. Todo ha sido dicho sobre  el novelista, pero Balzac fue también un maestro del relato corto, como lo demuestran algunas de sus mejores obras como el El coronel Chabert, la admirable Una familia doble o la desbocada fantasía verbal de sus Cuentos droláticos. Permítasenos una anécdota. A principios de este nuevo siglo, en una calle del Barrio Latino, oímos a dos jóvenes estudiantes hablar con admiración del más parisino de los novelistas: ¿Cómo, aún no leíste La duquesa de Langeais?, es su mejor novela. Se hubiera dicho que hablaban de alguna revelación del momento. Y es que Balzac está vivo, viva su obra imperfecta, desmesurada y grandiosa, y lo seguirá estando al menos tanto tiempo como vivas estén la lengua y la cultura de Francia.


La edición en formato epub de este relato puede descargarse en el sitio de Ediciones De La Mirándola.





miércoles, 27 de octubre de 2010

YOU MENG Y EL CABALLO DEL REY

Sima Qian
(originalmente publicado como Cuento escondido en ARR N° 5)

You Meng fue antaño músico en el reino de Tchu. Medía casi dos metros, tenía un gran sentido del humor y poseía una lengua acerada; pero sus ideas resplandecían, sobre todo, en aquello que callaba.
El rey Zhuang tenía un caballo al que quería muchísimo. Su montura era de brocado, su caballeriza estaba junto a la sala principal del palacio, dormía en un lecho recubierto con mantas preciosas y se lo alimentaba únicamente con bayas de azufaifo. La consecuencia fue que se puso tan gordo y pesado que terminó muriéndose. El rey quiso, entonces, que sus principales vasallos se vistiesen de luto y que su caballo fuese enterrado en dos féretros, de acuerdo con los ritos reservados para los grandes funcionarios. Los consejeros del rey no estaban de acuerdo y pensaban que tal cosa no era algo decente. Fue entonces cuando el rey dio la orden siguiente: “Quienquiera que se atreva a hacer críticas en lo que respecta a mi caballo, será condenado a muerte.”
You Meng se enteró de la orden del rey y se presentó en palacio llorando a gritos y con los ojos y las manos levantados al cielo. El rey, sorprendido, le preguntó qué le ocurría.
—Ese caballo era el favorito de Su Majestad —respondió You Meng—. El reino de Tchu es un grande y extenso país capaz de satisfacer todos los deseos de Su Majestad. Enterrar a ese caballo con los honores debidos a un alto funcionario no es nada. Yo solicito que se lo entierre como a un príncipe.
—¿Qué dices? —preguntó el rey.
—Solicito que tenga un féretro interior de jade —continuó You Meng— y uno exterior de madera de catalpa con adornos de cedro y alcanforero; que Su Majestad ordene que los soldados caven la tumba y que hasta los viejos y los enfermos transporten la tierra; que los embajadores de los reinos de Qi y de Zhao encabecen el cortejo fúnebre y que los de Han y de Wei vayan detrás del féretro; que Su Majestad ordene que le sean sacrificados búfalos en su templo y que se le adjudiquen, para mantener su culto, los réditos de un feudo de diez mil hogares. Cuando los príncipes feudales se enteren del decreto, sabrán así que Su Majestad desprecia a los hombres y honra a los caballos.
—¿Tan grande es mi culpa? —dijo el rey—. ¿Qué tendría que hacer?
—Que Su Majestad —respondió You Meng— le otorgue el entierro propio de los animales: que una gran marmita sea su féretro interior, que un horno sea su féretro exterior, que Su Majestad ordene que se lo condimente con jengibre y azufaifa y que descanse sobre un lecho de hojas de magnolia; que se le haga una ofrenda de arroz; que se lo envuelva en un sudario de fuego y que, al fin, se lo entierre en el vientre de los hombres.
Entonces el rey confió el cadáver del caballo al cocinero y no se habló más.

Traducción del francés de Miguel Ángel Frontán

El autor
Sima Qian (145-86 A. C), maestro de la prosa clásica, es el célebre autor de la primera historia general de la civilización china, las Memorias Históricas, escritas hacia el año 140 antes de Cristo, con las que se convirtió en algo así como el Heródoto genial y el Plutarco encantador de la dinastía Han. En sus Memorias Sima Qian creó, sin saberlo, un nuevo género literario. Al final de sus crónicas tuvo la idea de agregar pequeñas biografías noveladas de los protagonistas; pero no se trataba sólo de emperadores y de poetas: asesinos, bufones, oscuros funcionarios tienen allí su lugar. El nuevo género, no sin paralelo con las paralelas vidas de nuestro Plutarco, o con, conoció en las manos de los escritores un inmenso éxito a lo largo de veinte siglos de literatura china. En Occidente, las Brief Lives de John Aubrey y, más tarde, las Vidas imaginarias de Marcel Schwob, los Excéntricos victorianos de Edith Sitwell y los cuentos del Borges de Historia universal de la infamia perpetúan la tradición.

sábado, 8 de mayo de 2010

LA LIEBRE DORADA / LA LIEBRE FANTASMA

Silvina Ocampo / Louis Pergaud
(originalmente publicados como Cuentos paralelos en ARR N° 5)

LA LIEBRE FANTASMA

Sin duda se iba por algún lado, a menos que se derritiese y se desvaneciera como un puñado de nieve al sol primaveral, ese rey de los liebrazos de las tierras del Fays, ese maestro orejudo que conocía todas las triquiñuelas, ese príncipe de las liebres macho que embaucaba, desde hacía innumerables temporadas, a generaciones de perros.
Esta vez le andaban detrás Miraut, el mejor perro de todo el cantón, y Lisée, el cazador furtivo, escopeta certera, que a pesar de sacar permiso cazaba en toda época; y los dos mocetones se la iban a hacer ver negras.
La lucha comenzó una mañana de noviembre, una hermosa mañana helada de tierra cubierta de escarcha que sonaba bajo los pies, cuando el sabueso encontró a su presa a cincuenta saltos de la madriguera y, sin perder el tiempo en vano, como sus compañeros menos experimentados, hurgando en los pastizales, fue, tras algunas sabias zambullidas, a meterle sin miramientos la nariz en el trasero.
Roussard, la liebre, comprendió que tenía que vérselas con un maestro y que lo mejor sería poner pies en polvorosa. Entonces, abandonando de un salto su escondite, salió como un rayo, estirado en toda su longitud, con el vientre a ras del suelo, los ojos en blanco, las orejas gachas y los bigotes hacia adelante, mientras que la usual andanada de ladridos seguía su huida.
Por más que Miraut tenía buenas patas, no pudo sostener por mucho tiempo la carrera sin perder de vista a su presa, tanto más cuanto que Roussard, que conocía a los hombres y no ignoraba el significado de los escopetazos, ponía buen cuidado en aprovechar, para escabullirse, todos los refugios y escondrijos utilizables.
Al cabo de cinco minutos de ese ritmo infernal, el ladrido del perro se encontraba a un kilómetro detrás de él... Roussard tenía tiempo.
El sol se levantaba. En los hombros de la cresta nevada que dibuja el Gep, en donde algunos árboles viejos, aquí y allá, yerguen sus ramas endebles, los rayos rojos pasaban, implacablemente rectilíneos, como hoces sangrientas que parecían tronchar las mieses de penumbra acumulada en la garganta de los valles; o, también, semejantes a gendarmes que vigilasen el día, horadaban con sus sondas de oro los bosques cautivos de la tierra, como si hubiesen querido expulsar violentamente de ellos el venenoso contrabando de misterio y horror que, con cada crepúsculo,  la noche trata de introducir furtivamente en el mundo.
En el extremo de las lanzas de las altas hierbas, en las puntas de las picas de los arbustos, su fuego desafilaba sin ruido el temple frágil de acero diamantino que la humedad y el hielo habían fijado allí de consuno, mientras que, bajo las patas de ambos corredores, una banda de un verde más vivo, como ahondada por su mirada ardiente, mostraba la estela que iban dejando en la plateada grisura de las hierbas bajas.
Ni uno ni otro se daban cuenta de todo aquello. Pero el viejo Roussard, mientras iba complicando su camino con fintas y desvíos, reflexionaba en lo que tenía que hacer.
No conocía a Miraut; sin embargo, en el poco tiempo que éste había puesto entre dar el primer ladrido y descubrir la madriguera, había podido juzgar que era un adversario de envergadura y que, por consiguiente, el melenudo abigarrado que lo acompañaba era también alguien de temer. No obstante, como ese quemador de pólvora debía ser nuevo en la zona, decidió en su fuero interno que podía emplear la vieja táctica sin vacilar.
Por eso, después de dar un rodeo razonable, lo bastante largo como para probar su vigor, volvió a descender, por uno de los caminos que llevaban a las tierras bajas del Fays, a la encrucijada en que esos humanos imbéciles solían esperarlo, pero por donde se cuidaba mucho de pasar.
En cuanto estuvo a una distancia igual a dos tiros de escopeta de ese lugar peligroso, se detuvo, se sentó, hizo girar las orejas hacia los cuatro vientos, volvió a saltar hacia el bosque, se escabulló hacia lo alto de los jóvenes árboles cortados y desapareció.
Cuando Miraut, que no había perdido el tiempo con los esquives de Roussard, llegó unos instantes más tarde y retomó la nueva pista, siguiéndola hasta la zona alta de los árboles talados, del otro lado de la cañada del bosque, encontró algunos indicios que, según su vieja táctica, no siguió; se quedó, en cambio, dando vueltas en el lugar para recuperar la pista correcta, y no encontró nada.
Estrechó el círculo..., y nada; lo hizo dos veces más grande: nada de nada; siguió uno tras otro y minuciosamente todos los indicios... Ni rastros de su presa.
Furioso, entonces, se puso a gañir, a ladrar, a aullar con todas sus fuerzas contra ese maldito animal, y Lisée, sin tardanza, vino a su encuentro, estupefacto al ver por primera vez desorientado a su compañero, ese animal sin par, esa nariz imposible de engañar, ese astuto entre los astutos.
No había un solo arbusto a la vista, y el área de tala, que los leñadores acababan de limpiar, estaba tan despejada como un campo de rastrojos.
El perro y el hombre costearon por ambos lados el muro de madera, examinando cada piedra, cada escondrijo; inspeccionaron la base de todos los tocones y de todos los árboles que aún quedaban, perdonados por el hacha o abatidos por el viento, jóvenes y viejos... ¡Nada, nada, nada!
Se fueron con las manos vacías; sin embargo, la cosa no quedaría allí.
Dos días después, Miraut volvió a perseguir al orejudo, al que esta vez Lisée esperó en el camino por donde había pasado el primer día, pero Roussard tomó por otro y fue a perderse, como la primera vez, en el mismo lugar.
Dos días más tarde, la cosa volvió a empezar. Y así siguió todo el mes de noviembre.
Finalmente, Lisée, desde el principio de la jornada de caza, subió a ese puesto extraordinario para salir de dudas. Ese día, Roussard, que era lo bastante viejo como para no fiarse tan sólo de su oído, pero que también sabía ver y olfatear, se aproximó bastante a la zona de tala pero no entró, y fue a perderse lejos, lejos, muy lejos...
Era algo realmente humillante.
Y Miraut y Lisée, durante toda la temporada, se encarnizaron en perseguir a esa liebre fantasma, a ese liebrazo hechicero que nunca nadie había logrado ver ni alcanzar, que hacía reventar los perros más fuertes y derrotaba a los mejores.
Pero cada vez que Lisée subía a lo alto de la zona de tala, Roussard no venía, y cada vez que se apostaba en otra parte, Miraut, aullando de rabia, enloquecido, con los ojos desorbitados y el pelo erizado, volvía a perderlo en ese mismo lugar, y regresaba con la cabeza gacha y la cola entre las patas, enfermo de despecho y de rabia hacia su amo, que juraba y blasfemaba como el cazador furtivo que era, pero que no podía hacer nada.
Por último, un día de febrero, Lisée, apostado a doscientos pasos del lugar maldito y escondido detrás de una enorme encina, dio con la clave del enigma. Con el pecho palpitante de emoción, vio a Roussard salir del bosque de un salto, hacer sus fintas y zambullidas, volver a su centro de operaciones y, de un solo envión, saltar en el aire con un loco impulso, como si se trepase al cielo para volver a caer... Pero, ¡el campo estaba limpio! ¿Dónde diablos había caído? Lisée, desde atrás de su árbol, miraba con ojos así de grandes. ¡No vio nada, nada, lo que se dice nada! Roussard había desaparecido.
—¡Esa sí que estaba buena!
Miraut, bramando de rabia, pues ya no eran ladridos los que daba, llegó justo en ese momento y se encontró cara a cara con su amo. Éste, seguro o casi de no haber sido víctima de un espejismo y pálido de emoción, miraba de nuevo por todo el suelo y examinaba metódicamente cada centímetro cuadrado del terreno en el que Roussard pudiera hallarse.
Debía ser al pie de ese tocón. Pero no, nada. A menos que se hubiese ido volando al cielo. Lisée tembló. Alzó instintivamente la mirada para interrogar el firmamento y... esto es lo que vio:
En lo alto del viejo tronco podrido, que los leñadores habían desdeñado, a casi metro y medio del suelo, entre algunos brotes grises como el lomo del animal que se confundía completamente con ellos, Roussard, la liebre, se aplastaba, inmóvil, con las orejas gachas, sin respirar, sin despedir olor alguno, y tan tronco como el tronco mismo.
¡Cuántas veces el cazador, escopeta en mano, había estado a un paso de él, inspeccionando la base del tronco, sin pensar en mirar arriba; tanto se dice que las liebres no viven en la copa de los sauces!
—Ustedes creerán quizás que lo maté —les dijo Lisée a cuatro o cinco compañeros a quienes contaba sus desdichas—. ¡Miren qué suerte la mía! Justamente ese día no había salido con mi escopeta, porque la caza de la liebre estaba cerrada, y el viejo Martet, el guarda forestal, que no se la anda con bromas, hacía su ronda en los alrededores. Entonces, en el momento en que yo recogía un leño para tirárselo al orejudo, él, que las otras veces no se había movido..., de repente, antes de que yo hubiese siquiera levantado el brazo..., ¡piiiiiing!, salió volando con Miraut atrás, pisándole los talones, y jamás, ¿me oyen?, jamás volvió por allí y jamás se lo volvió a ver. ¡Y no me digan que no era brujo, semejante bribón!

Traducción de Miguel Ángel Frontán



LA LIEBRE DORADA
En el seno de la tarde, el sol la iluminaba como un holocausto en las láminas de la historia sagrada. Todas las liebres no son iguales, Jacinto, y no era su pelaje, créeme, lo que la distinguía de las otras liebres, no eran sus ojos de tártaro ni la forma caprichosa de sus orejas; era algo que iba mucho más allá de lo que nosotros los hombres llamamos personalidad. Las innumerables transmigraciones que había sufrido su alma le enseñaron a volverse invisible o visible en los momentos señalados para la complicidad con Dios o con algunos ángeles atrevidos. Durante cinco minutos, a mediodía, siempre hacía un alto en el mismo lugar del campo; con las orejas erguidas escuchaba algo.

El ruido ensordecedor de una catarata que ahuyenta los pájaros y el chisporroteo del incendio de un bosque, que aterra a las bestias más temerarias, no hubieran dilatado tanto sus ojos; el antojadizo rumor del mundo que recordaba, poblado de animales prehistóricos, de templos que parecían árboles resecos, de guerras cuyas metas los guerreros alcanzaban cuando las metas ya eran otras, la volvían más caprichosa y más sagaz. Un día se detuvo, como de costumbre, a la hora en que el sol cae a pique sobre los árboles, sin permitirles dar sombra, y oyó ladridos, no de un perro, sino de muchos, que corrían enloquecidos por el campo.
De un salto seco, la liebre cruzó el camino y comenzó a correr; los perros corrieron detrás de ella confusamente.
—¿Adónde vamos? —gritaba la liebre, con voz temblorosa, de relámpago.
—Al fin de tu vida —gritaban los perros con voces de perros.
Este no es un cuento para niños, Jacinto; tal vez influida por Jorge Alberto Orellana, que tiene siete años y que siempre me reclama cuentos, cito las palabras de los perros y de la liebre, que lo seducen. Sabemos que una liebre puede ser cómplice de Dios y de los ángeles, si permanece muda, frente a interlocutores mudos.
Los perros no eran malos, pero habían jurado alcanzar la liebre sólo para matarla. La liebre penetró en un bosque, donde las hojas crujían estrepitosamente; cruzó una pradera, donde el pasto se doblaba con suavidad; cruzó un jardín, donde había cuatro estatuas de las estaciones, y un patio cubierto de flores, donde algunas personas, alrededor de una mesa, tomaban café. Las señoras dejaron las tazas, para ver la carrera desenfrenada que a su paso arrastraba con el mantel, con las naranjas, con los racimos de uvas, con las ciruelas, con las botellas de vino. El primer puesto lo ocupaba la liebre, ligera como una flecha; el segundo, el perro pila; el tercero, el danés negro; el cuarto, el atigrado grande; el quinto, el perro ovejero; el último, el lebrel. Cinco veces la jauría, corriendo detrás de la liebre, cruzó el patio y pisó las flores. En la segunda vuelta, la liebre ocupaba el segundo puesto, y el lebrel siempre el último. En la tercera vuelta, la liebre ocupaba el tercer puesto. La carrera siguió a través del patio; lo cruzó dos veces más, hasta que la liebre ocupó el último puesto. Los perros corrían con la lengua afuera y con los ojos entrecerrados. En ese momento empezaron a describir círculos, que se agrandaban o se achicaban a medida que aceleraban o disminuían la marcha. El danés negro tuvo tiempo de levantar un alfajor o algo parecido, que conservó en su boca hasta el final de la carrera.
La liebre les gritaba:
—No corran tanto, no corran así. Estamos paseando.
Pero ninguno la oía, porque su voz era como la voz del viento.
Los perros corrieron tanto, que al fin cayeron exánimes, a punto de morir, con las lenguas afuera, como largos trapos rojos. La liebre, con su dulzura relampagueante, se acercó a ellos, llevando en el hocico trébol húmedo que puso sobre la frente de cada uno de los perros. Éstos volvieron en sí.
—¿Quién nos puso agua fría en la frente? —preguntó el perro más grande—, y ¿por qué no nos dio de beber?
—¿Quién nos acarició con los bigotes? —dijo el perro más pequeño—. Creí que eran las moscas.
—¿Quién nos lamió la oreja? —interrogó el perro más flaco, temblando.
—¿Quién nos salvó la vida? —exclamó la liebre, mirando a todos lados.
—Hay algo distinto —dijo el perro atigrado, mordiéndose minuciosamente una pata.
—Parece que fuéramos más numerosos.
—Será porque tenemos olor a liebre —dijo el perro pila rascándose la oreja—. No es la primera vez.
La liebre estaba sentada entre sus enemigos. Había asumido una postura de perro. En algún momento, ella misma dudó de si era perro o liebre.
—¿Quién será ése que nos mira? —preguntó el danés negro, moviendo una sola oreja.
—Ninguno de nosotros —dijo el perro pila, bostezando.
—Sea quien fuere, estoy demasiado cansado para mirarlo —suspiró el danés atigrado.
De pronto se oyeron voces que llamaban:
—Dragón, Sombra, Ayax, Lurón, Señor, Ayax.
Los perros salieron corriendo y la liebre quedó un momento inmóvil, sola, en el medio del campo. Movió el hocico tres o cuatro veces, como husmeando un objeto afrodisíaco. Dios o algo parecido a Dios la llamaba, y la liebre acaso revelando su inmortalidad, de un salto huyó.



 
Los autores

Louis Pergaud

Entre los escritores a cuya vida puso fin esa guerra monstruosa que fue llamada la Gran Guerra, ninguno tan desconocido en castellano como Louis Pergaud (1882-1915), salvo por su varias veces traducida novela infantil La guerre des boutons. De las montañas del Franco Condado, donde nació, sacó la materia de sus pocos libros, que le dieron una fama repentina con la obtención del premio Goncourt en 1910 por De Goupil à Margot, en tiempos en que tal galardón era considerado el primer premio literario de Francia. Un mundo personal, una lengua peculiarísima, áspera y refinada al mismo tiempo, que supone una tarea casi desesperada para cualquier traductor, hacían presagiar la carrera brillante de uno de los mejores escritores de la primera mitad del siglo XX . Pero eran aquellos tiempos recios, y Louis Pergaud murió en el campo de honor a los treinta y tres años, dejando inconcluso su último libro de cuentos.
 
Silvina Ocampo
Nació y murió (a los noventa años) en Buenos Aires, junto a ese río de aguas barrosas que ella prefería a las aguas más prestigiosas del Ródano o del Sena, en esa ciudad a la que amaba infatigablemente. Su marido fue célebre, su hermana fue célebre, sus amigos fueron célebres; Borges dijo de ella dos o tres frases ciceladas y célebres también; pero ella, Silvina O., como firmaba, sólo lo fue discretamente. Sin premura, como quien cuenta con innumerables lectores futuros. Será por eso que sus poemas y sus cuentos inimitables están acostumbrados a la espera.

domingo, 2 de mayo de 2010

LA TUMBA DEL GATO

Natsume Soseki
(originalmente publicado como Cuento corto en ARR Nº 5)

Desde que nos instalamos en Waseda el gato ha comenzado a decaer a ojos vista. No muestra nada de ganas de jugar con los niños. Duerme en la veranda, cuando la calienta el sol. Estira bien las patas de adelante y apoya en ellas su hocico anguloso; y allí se queda, sin moverse, indefinidamente, con los ojos fijos en las plantas del jardín. Ignora a los niños que se agitan en vano a su alrededor. Ellos, por su parte, han renunciado desde el principio a ocuparse de él; con el pretexto de que no les sirve como compañero de juegos, lo dejan tranquilo. Pero no sólo ha dejado de interesarles a los niños: también la criada se contenta con dejarle un plato con leche en un rincón de la cocina, tres veces al día; aparte de esto, prácticamente no se ocupa de él. Además, lo que le dan de comer se lo devora casi siempre un gatazo de la vecindad, de pelo negro, blanco y marrón. Pero el interesado no parece querer enojarse. Nunca lo he visto pelear. No hace más que dormir, en una inmovilidad perfecta. Hasta cuando está acostado uno siente que no tiene el menor margen para ganar. No es para estar a sus anchas que se ha echado en el rincón en que da el sol, no; es sólo que, para él, ni hablar de moverse... Me doy cuenta de que mi descripción es insuficiente. Digamos que da la impresión de haber pasado los límites de la indolencia; sí, debe decirse a sí mismo que, si bien es triste permanecer quieto, más triste se sentiría ante la idea de hacer un movimiento, y, por lo tanto, soporta su estado con paciencia. Uno tiene la impresión de que clava la mirada en las plantas del jardín, pero la conciencia de las hojas de los árboles o de las formas de los troncos ni siquiera lo debe de haber rozado. De una vez y para siempre, ha clavado sus pupilas verdeamarillas en un punto. Así como mis hijos no reconocieron su existencia, él no reconoce la existencia del mundo.

A pesar de todo, de cuando en cuando le da por salir, como si tuviera algo que hacer. Entonces lo persigue el gatazo del vecindario. Como le tiene miedo, se sube de un salto a la veranda, atraviesa, rasgándolo, el papel de algún shoji1, y va a esconderse en el irori2. Es sólo en esos momentos cuando nos damos cuenta de su existencia. En cuanto al gato, quizás sea la única ocasión en que tiene plena consciencia de que existe.
De tanto repetir estas experiencias, los pelos de su larga cola han comenzado a ralear. Al principio tenía lamparones por acá y por allá; más tarde, de tantos pelos que perdía, quedó al desnudo la piel enrojecida. Daba pena verlo. Parecía extenuado, y se lamía los sitios sensibles sin parar, hecho un ovillo.

—¿No te parece que le pasa algo al gato? —le preguntaba yo a mi mujer. —Sí, es cierto. Pero, ¿qué se le va a hacer? ¡Debe ser la edad! —respondía con indiferencia mi mujer. Así que dejé las cosas como estaban, sin preocuparme más. Al cabo de cierto tiempo, el gato se puso a vomitar. Olas enormes le recorrían la garganta, de la que brotaban sonidos dolorosos que no eran ni hipo ni estornudos. Parecía sufrir y, sin embargo, en cuanto lo veíamos con una de sus crisis, pese a todo, lo echábamos afuera. De no hacerlo, emporcaba las esterillas o las camas. Así se ensució un almohadón de seda que le habíamos puesto a una visita.

—¡Qué fastidio! ¡Habrá que hacer algo! Debe tener algún desarreglo en los intestinos o en el estómago; tendrías que tratar de darle un poco de Hotan3 diluido en un poco de agua.

Mi mujer no replicó. Dos o tres días más tarde, le pregunté si le había dado al gato el polvo en cuestión. —¡Bien que traté, pero por nada del mundo abre la boca! —me contestó. Luego me explicó: —¡Vomita cuando le doy de comer espinas de pescado! —¡Pues entonces no hay que dárselas! Seguí leyendo después de reprender severamente a mi mujer.

Cuando no vomitaba, el gato dormía apaciblemente, como de costumbre. En los últimos tiempos se había ido encogiendo y, como si no hubiera tenido otro apoyo que la veranda que sostenía su peso, se acurrucaba para reducir al máximo la longitud de su cuerpo. La mirada le había cambiado imperceptiblemente. Al principio, a la manera de los ojos que terminan perdiéndose en el vacío de tanto concentrarse en un punto remoto, tenía la mirada llena de una especie de serenidad, mientras permanecía inmóvil, pero poco a poco fue cambiando de manera inquietante. Al mismo tiempo, el iris se le fue enturbiando. Su mirada se parecía a la caída de la tarde cruzada por un débil resplandor. Sin embargo, no moví ni un dedo. Tampoco mi mujer se ocupaba de él, al parecer. Y ni hablemos de los niños, que hasta habían olvidado su existencia.
Una noche, mientras estaba acostado en la cama de los niños, el gato soltó un gemido parecido al que dejaba oír cuando uno trataba de sacarle de las fauces un pescado del que había logrado apoderarse. Fui el único, en ese momento, en percibirlo e inquietarme. Los niños dormían tranquilamente. Mi mujer estaba absorta en sus trabajos de costura. Un instante después, el gato soltó un nuevo gemido. Mi mujer acabó por abandonar la aguja. Dije: —¿Qué le pasa? ¿Te parece que podría darle por morder a los niños, qué sé yo, en la cabeza, por ejemplo? —¡Las cosas que se te ocurren! Y mi mujer siguió cosiendo las mangas de un kimono de entrecasa. De cuando en cuando, el gato soltaba otro gemido.

Al día siguiente se trepó al borde del irori y no se movió de allí, maullando todo el tiempo con voz quejumbrosa. Parecía sentirse molesto cuando servíamos el té o asíamos el hervidor. Llegada la noche, mi mujer y yo habíamos olvidado totalmente al gato. Para decir la verdad, fue esa noche cuando murió. A la mañana, cuando la sirvienta fue a buscar leña en el cobertizo que se encuentra detrás de la casa, lo descubrió encima de un viejo horno de barro, ya tieso.

Mi mujer quiso ver el cadáver del gato y con tal fin fue a la cochera. Ella, que hasta ese momento sólo había mostrado frialdad, se puso a dar gritos. Llamó a un chofer que ya nos había prestado servicios, lo mandó a comprar una placa funeraria de madera y luego vino a pedirme que escribiera algo en ella. De un lado escribí: Aquí yace el gato, y del otro, De esta tierra saldrá, acaso, un destello en la noche naciente. El chofer preguntó si podía enterrarlo sin más. La sirvienta se burló diciéndole: —¿Querría usted que lo incinerasen, tal vez?
Uno tras otro, los niños se mostraron llenos de consideración por el gato. Pusieron flores a ambos lados de la placa funeraria, ramos de lespedezas en frascos de vidrio. Depositaron frente a la tumba un bol lleno de agua. Las flores y el agua fueron renovadas al día siguiente, y al otro también. El tercer día, hacia el atardecer, mi hija, que va para los cuatro años —yo, en ese momento, me encontraba en mi despacho, mirando por la ventana—, se acercó, solita, y fue a pararse frente a la tumba, donde permaneció un momento contemplando la placa de madera blanca. Luego sacó una pequeña paleta de arroz, echó en ésta el agua del bol destinada al gato y bebió. Las gotas de agua en que se mezclaban los pétalos de las flores de lespedezas, caídas en el silencio del fin del día, saciaron varias veces la sed infantil de Aiko. En cada aniversario de la muerte del gato, mi mujer no olvida nunca poner frente a su tumba un trozo de salmón y un bol de arroz espolvoreado con katsuobushi4. Hasta el presente no ha dejado de hacerlo ni una sola vez. Simplemente, en los últimos tiempos, en lugar de ir al jardín se conforma, según parece, con depositar sus ofrendas en la cómoda de la sala de estar.

Traducción del francés de Carlos Cámara



1tabique corredizo de las casas japonesas
2depresión de forma cuadrada del piso de las casas japonesas
3remedio contra las migrañas, las náuseas y el mareo
4condimento a base de carne de atún bonito seca.


El autor
Natsume Soseki (1867-1916) es uno de los mayores escritores de la literatura japonesa. Un compartido rechazo del naturalismo, un fino y aun extremo análisis psicológico teñido de melancólico escepticismo, aproximan en mucho el particularísimo mundo de Soseki al particularísimo mundo de Proust. Kokoro (El pobre corazón de los hombres), novela publicada en 1914, es considerada universalmente su obra maestra.